6 de julio del 2016   00:00

La fiesta de los toros debe perdurar

El extremeño Alejandro Talavante ensaya un quite con el capote. Cortó dos orejas. Foto: EFE

Alejandro Talavante toreará el sábado en Jaén y hace maletas para América. Torea en México, Perú y Ecuador. Foto: Archivo/EL COMERCIO

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Manolo Molés desde España para EL COMERCIO

En el tema de los toros casi todos mienten; y se inventan insecticidas dialécticos para no decir alto y claro: nos vamos a cargar los toros en cuanto ­tengamos un tantito así de poder. Mala cosa, y mala gente, que diría el poeta.

Y no hay derecho que tengamos que votar en España, los apasionados de esta fiesta, pensando más en quien no nos va a joder que en quienes nos van a asegurar un futuro de convivencia lo más plácido y atractivo posible.

He votado a quien nunca voté. A quien no sé si por interés o sentimiento no ataca esta fiesta. He ido a la urna con el corazón y no con la cabeza. Solo coincidimos en el respeto a este espectácu­lo ante los depredadores del cerebro y corazón ajeno.

Mi voto ha sido para que el toro siga pastando en las dehesas, para que la afición disfrute del mejor espectáculo del mundo. El mejor cuando hay emoción y competencia. Prefiero el futuro de la fiesta que las conveniencias políticas. Quiero ir a los toros como he ido a Istres (Francia). A gusto y con el respeto de la gente.

Donde valoran la grandeza de esta fiesta. Donde se emocionan con un Talavante, que está para verlo todos los días. Ese enorme valor convertido en temple, ese vuelo de la muleta en la zurda de oro y caviar (como ha escrito un cronista francés tras su lección en Istres), para ver a las figuras defender su podio y a los nuevos derribar las puertas y entrar en los palacios del toro.

Voto a quien me permite la libertad de ver la pureza de Paco Ureña y el empaque de Diego Urdiales, los detalles y las grandes tardes, los que derribaron la muralla, o sea, los López Simón y Andrés Roca Rey, los que vienen detrás, la clase media tan respetable y los que guerrean con el toro duro; y mi hermano (yo fui siempre un feliz hijo único), ese Padilla que vale por diez en lo humano, en la vida y en el amor brutal a esa pasión de torear. Y a mí, ningún político me va a quitar el placer de ver la segunda juventud, la longevidad de una vida de eterna primavera, el ‘descumplir’ los años y multiplicar los gozos, el talento y la torería de ese genio llamado Enrique Ponce.

Sí, genio. Ese ha dejado chico a Pedro Romero y su mito.
Ponce es un dios terrenal y ­torero. Voté por ellos. Voté por el toro.
O sea : por la libertad y la afición de los ciudadanos de España, de Ecuador, de Francia, de Perú, de Portugal, de Colombia, de Venezuela y de México y su derecho a que nadie decida por nosotros.

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