02/05/2014

Una importante faena de Alberto Aguilar salvó la tarde en Las Ventas

El diestro Alberto Aguilar durante la faena a su segundo en el vigésimo cuarto festejo de la feria de San Isidro, celebrado el domingo 1 de junio en la Monumental de Las Ventas. Foto: EFE

El diestro Alberto Aguilar durante la faena a su segundo en el vigésimo cuarto festejo de la feria de San Isidro, celebrado el domingo 1 de junio en la Monumental de Las Ventas. Foto: EFE

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EFE
Madrid

Una importante faena, premiada con una oreja, a cargo del madrileño Alberto Aguilar salvó la tarde del domingo, 1 de junio,en Las Ventas una tarde que iba por los derroteros del aburrimiento y la desesperación.

FICHA DEL FESTEJO:

Tres toros de Montealto, dos de Julio de la Puerta -el cuarto como sobrero al ser devuelto el primero y correrse turno-, y un sobrero más -el sexto al devolverse el tercero y correr también turno- de El Ventorrillo. Corrida bien presentada aunque con desigualdades de hechuras, y deslucida, con las excepciones del buen quinto y, en parte también, el sexto.

Pedro Gutiérrez "El Capea"
: media tendida y dos descabellos (silencio tras aviso); y pinchazo, media y dos descabellos (silencio). Alberto Aguilar: pinchazo y estocada (silencio); y estocada (oreja). Sebastián Ritter, de Colombia: estocada (silencio); media atravesada que acaba tragándose y diecinueve descabellos (pitos tras tres avisos). La plaza tuvo dos tercios de entrada en tarde espléndida.

EL MILAGRO DE AGUILAR:

Otro domingo que parecía abocado al fracaso por el baile de corrales, la desidia de los toreros ante las nulas posibilidades del ganado, de pronto tuvo una salida más que airosa en el quinto. Como reafirmación del viejo dicho, "no hay quinto malo".

Embistió un toro de Montealto, y enfrente, un torero de agallas y recursos, cargado también de sentimiento. Pura ambición en todos los sentidos por parte de Alberto Aguilar, que terminó obrando el milagro, erigiéndose en protagonista triunfante.

Fue en el quinto, queda dicho, un buen toro del hierro titular, con el que Aguilar demostró que sigue contando pese al bache de más de cuatro meses de inactividad tras su grave cornada de Cali (Colombia).

Toreo pausado y de notable sentimiento, sobre la base de la quietud y el relajo, el buen gusto en el toreo fundamental por los dos pitones, y con la guinda de la gracia y la torería en los detalles e improvisaciones sobre la marcha.

Con el premio ya en su mano se tiró Aguilar a matar o morir con la espada, haciendo rodar al astado sin puntilla. La plaza estalló de contento, engalanándose de blanco en una petición unánime, y aunque el presidente tardó más de la cuenta en sacar su pañuelo, al final le concedió una oreja, ganada con total merecimiento.

Su primero empujó y derribó aparatosamente al picador en el primer encuentro con el caballo, con el que se cebó en el suelo durante un buen tiempo. El toro, que tuvo "carbón" de salida, esperó e "hizo hilo" en banderillas, sin embargo, se apagó en la muleta, defendiéndose y con mal estilo, a base de cabezazos.

Aguilar estuvo por ahí, prácticamente sin pasar de las simples probaturas. El Capea salió con ganas de agradar en su primero. Lances a la verónica de buen son en el recibo y brindis al público antes de llevar a cabo una faena de muleta de escaso contenido por el poco fondo del astado, que tuvo nobleza pero moviéndose con el freno de mano echado, quedándose corto.

El salmantino, "al hilo" en los primeros cites, tampoco resolvió en la distancia corta, atenazado y despegado en una labor que apenas trascendió. El flojo cuarto fue asimismo toro poco propicio, y otra vez más se vio a un Capea forzado y ligero de ideas, empecinado a pesar de los pesares en un insulso trasteo.

En sustitución del herido Ureña volvía a Las Ventas el valiente colombiano Ritter. En primer lugar sorteó un sobrero del Ventorrillo, que, pese a moverse a su aire en el primer tramo de faena, sin embargo, se desfondó antes de cuenta.

Ritter, frío como el hielo, no dijo prácticamente nada, ni tan siquiera en el ya consabido arrimón final, que, esta vez, no pasó de proyecto. Con el sexto, Ritter volvió a equivocar el planteamiento de faena, encimista y dejándose tropezar las telas ante un toro con movilidad y que pedía más sitio.

Entre múltiples enganchones el animal acabó "desarrollando", haciéndose imposible la faena que supuestamente llevaba dentro. Se atascó de mala manera con el descabello, tanto que el que dio muerte al animal coincidió justo cuando el presidente sacaba su pañuelo para que le dieran el tercer aviso.

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