26 de April de 2012 15:01

Talavante corta una oreja que añade poco a una gris feria de abril de Sevilla

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El extremeño Alejandro Talavante se llevó un trofeo del tercer toro de Jandilla gracias a un estoconazo fulminante, en el festejo celebrado esta tarde en la plaza de la Maestranza, décimo cuarto de la Feria de Abril de Sevilla, sur de España.

Se lidiaron seis toros de Jandilla, muy bien presentados y cuajados. En general tuvieron mejores principios que finales y se acabaron viniendo abajo en la muleta a pesar de su nobleza. El segundo tuvo más duración y el cuarto galopó en los dos primeros tercios y claudicó al final.

Manuel Jesús 'El Cid', de amapola y oro. Pinchazo y estocada caída (Silencio). Estocada desprendida (Silencio).

Sebastián Castella, de Cautivo y oro. Estocada trasera (Silencio). Estocada corta y descabello (Silencio).

Alejandro Talavante, de obispo y oro. Gran estocada (Oreja). Estocada tras dos pinchazos (Silencio).

La plaza no se llenó por completo en tarde progresivamente fría, ventosa y desapacible. Destacaron los banderilleros Javier Ambel y Alcalareño.

MEJORES PRINCIPIOS QUE FINALES

La extraña Feria de Abril 2012 encara su final inexorable sin que dejemos de acordarnos de Manzanares y miremos hacia el festejo de mañana, el único que ha polarizado verdaderamente el interés de un pobre abono que está cantando en el ruedo lo que ya anunció en el papel.

Esta tarde se lidiaba un encierro de Jandilla, de buen aire en conjunto pero venido abajo en los finales que habría sido de revolución con sólo un poco de gasolina.

Alejandro Talavante, que ya se llevó un trofeo eclipsado por la apoteosis manzanarista, se llevó hoy otra oreja del tercero de la tarde que añade escasos galones a su palmarés y tampoco puntúa demasiado de cara a los resultados finales de esta aburridísima feria.

Pero no hay que quitar los méritos que sí tiene el extremeño, que recibió a ese animal con un par de vistosas chicuelinas antes de perdonarle la vida en el caballo. Talavante se fue haciendo con la noble condición del toro, primero con un puñado de limpios muletazos diestros en los que nunca llegó a ajustarse ni romperse por completo.

El astado se abría en los embroques con bondad y el torero se dispuso a tirar de la especialidad de la casa al tomar el engaño con la mano izquierda. Surgieron entonces, dentro de una serie de medio tono, dos naturales de seda que en esta plaza no le suelen fallar.

Tampoco hubo mucho más que el gran estoconazo que validó esa oreja tan justita para un torero en fase de eclosión como figura al que hay que exigir muchísimo más.

Con el sexto -enorme, hondo y cuajado pero tan blandito como sus hermanos- se llevó un mundo en la cara administrando los tiempos muertos de un trasteo que nunca dijo nada hasta aburrir a un público que estaba loco por coger la puerta.

Sebastián Castella concluyó la pésima y excesiva feria que le han brindado los entresijos de la política taurina y lo hizo impacientando a todo el mundo y mostrando una preocupante falta de alma, temple y expresión que le anulan como torero.

El diestro francés se llevó el toro de mayor duración del encierro de Jandilla, un segundo que apenas humilló en el deslavazado capote del francés. Pero el de Jandilla se acabó abriendo y desplazando en la muleta y el matador fue incapaz de templarlo en una espesísima labor en la que amontonó muletazos sin ton ni son sin la más mínima huella.

Algún muletazo diestro se antojó un espejismo y su labor con la derecha fue un destajo insulso al que sumó un arrimón tan improcedente como incomprendido.

Y es que era la tercera tarde del francés en una feria que despidió con un enorme y blando torazo al que se hartó de dar mantazos de todos los colores alargando su faena en medio de la rechifla general del público.

Al Cid, en cambio, le queda otro compromiso en este ciclo que se le está yendo en blanco una vez más. Haciendo honor a su proverbial suerte en los sorteos se llevó los dos toros de mayor calidad del envío de Jandilla. Al primero, que duró muy poco, le enjaretó un puñado de muletazos tersos y templados que fueron lo mejor de la tarde.

Desgraciadamente, el elegante y esperanzador galope del cuarto no tuvo continuidad en la muleta y lo que se anunciaba como fiesta grande se quedó en una larga porfía sin ningún sentido.

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