Fandiño sale a hombros en Madrid por valor y decisión, aunque sin rotundidad

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EFE

Una actuación valiente y decidida de Iván Fandiño le valió hoy, martes 13 de mayo su primera Puerta Grande en Las Ventas de Madrid, aunque sin conseguir la rotundidad necesaria en sus dos faenas.

FICHA DEL FESTEJO

Toros de Parladé, justos de presencia, parejos de hechuras y de juego variado, sin ningún toro completo. Destacaron por su movilidad los mansos segundo y quinto; el primero, inválido y deslucido; flojo y sin transmisión, el tercero; brusco y complicado, el cuarto; e insulso el sexto.

Manuel Jesús "el Cid": dos pinchazos, estocada y descabello (silencio tras aviso); y media ligeramente caída y atravesada (silencio).

Iván Fandiño: estocada (oreja); y estocada sin muleta y dos descabellos (oreja tras aviso).

Ángel Teruel: estocada traserita (silencio); y pinchazo hondo y descabello (silencio tras aviso).

En cuadrillas, eficaz lidia de Miguel Martín al segundo, que saludó montera en mano tras banderillear al quinto.

La plaza tuvo más de tres cuartos de entrada en tarde soleada y con rachas de viento, que en ocasiones molestó en el ruedo.

EL QUE LA SIGUE LA CONSIGUE

La constancia y el tesón suelen dar sus frutos. Fandiño puede presumir ya de una Puerta Grande en Las Ventas tras varios años acariciándola. No la fue la mejor tarde del torero de Orduña en esta plaza. Sin embargo, hubo muchos factores para llegar a convencer a la gente, que en definitiva fue quien pidió los trofeos.

Su primero cantó enseguida su mansedumbre al huir nada más notar el hierro en el caballo, doliéndose además en banderillas. Y en la muleta duró nada más que tres series, en las que Fandiño interpretó un toreo poderoso y por abajo.

Comenzó a quedarse corto el animal, así que hubo que aguantarle y tirar de él. Pero aquí la faena ya empezó a perder profundidad, algo que suplió el torero con arrojo y decisión, con quietud y mando, hasta conseguir que no cayera el interés a pesar de cierta frialdad en el tendido, que ni valoró unas ajustadas bernadinas finales.

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Lo extraño fue que, tras la estocada, le pidieron la oreja, con suficientes pañuelos para que el presidente no tuviera más opción que concedérsela. La gente está con Fandiño, de eso no hay duda.

Salió en el quinto mirando de reojo la Puerta Grande, es decir, a por todas. Seguro y decidido, encajado y enfibrado, echando la muleta al hocico del astado, al que provocó mucho en la distancia corta para llevarle con largura en una labor medida, con ritmo y emoción.

Toreó sincero, con una sorprendente rúbrica al entrar a matar sin muleta. Entró la espada, saliendo el hombre por los aires. Pero tardó en doblar el de Parladé, dando tiempo al aviso y todavía necesitando de dos golpes de descabello. Lo que se veía prácticamente como un triunfo de clamor quedó en una sola oreja.

Hay que remarcar que, pese a lo importante del conjunto de la actuación de Fandiño, su triunfo tuvo un tinte triunfalista, ya que la primera oreja estuvo en el límite y la que fue definitiva para la Puerta Grande surgió de la conmoción en el tendido al verle encunado sin engaño entre los pitones. Y es que la espada no tuvo la rotundidad del trofeo que finalmente paseó.

Como convidados de piedra en la función, los otros dos alternantes.

Partió plaza un inválido berreón y a la defensiva de Parladé con el que el Cid, un tanto inseguro con el capote, anduvo aseado en un par de tandas al natural, en una faena a medias de todo, como el propio astado, en la que, no obstante, lució algo más que la insulsa condición del antagonista.

El cuarto tuvo asimismo pocas opciones. Toro complicado, que cortó en banderillas, y mucho peor en la muleta, rebrincado, sin descolgar y volviéndose, en ocasiones también buscando los alamares de las hombreras de un Cid que aparentemente quiso, pero que no pudo.

Teruel, que cumplía su segundo y último paseíllo en la feria, sorteó en primer lugar un animal de poca fortaleza con el que se vio una versión templada y serena del madrileño, a pesar de que la faena no llegó a tomar vuelo. Hubo pases estimables, sobre todo al natural, pero faltó unidad y alma.

En el último, soso y sin decir nada, Teruel estuvo voluntarioso, sin más.

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