Castella corta la única oreja de un monótono mano a mano en Valencia

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
EFE, Valencia

El diestro francés Sebastián Castella cortó la única oreja en el mano a mano que le enfrentó hoy en Valencia (este de España) al español Miguel Ángel Perera, en un festejo que resultó monótono por la escasa raza del ganado y los propios planteamientos de los matadores.

FICHA DEL FESTEJO:

Seis toros de Zalduendo, de muy dispares volúmenes y cuajo, aunque todos con seriedad en las cabezas. Corrida escasa de raza y de brío, con varios toros apagados o a la defensiva pero también con otros tantos con calidad en su embestidas.

  • Sebastián Castella: pinchazo y estocada honda desprendida (ovación); estocada trasera (oreja); y pinchazo, media estocada tendida y descabello (ovación tras aviso).
  • Miguel Ángel Perera: estocada trasera desprendida (palmas); estocada trasera (silencio); y pinchazo, pinchazo hondo y descabello (silencio).
  • Entre las cuadrillas, Javier Ambel y Vicente Herrera saludaron tras banderillear al tercero.
  • La plaza registró más de tres cuartos de entrada, en tarde agradable, en el noveno festejo del abono de Fallas.

A PIÑÓN FIJO

El mano a mano de hoy, forzado en los despachos por la negativa de Alejandro Talavante a entrar en el cartel si la empresa no le ofrecía otra corrida más en la feria, se presentó unos días antes a los medios como un enfrentamiento apasionante entre dos toreros de mucho valor y que mantienen un largo pique entre sí.

Pero, una vez que salieron los toros a la arena, el duelo al sol de Castella y Perera resultó ser una monótona y plana sucesión de lidias a piñón fijo, en las que, sin apenas amago de rivalidad, cada uno se empeñó en seguir férreamente su propio guión ante animales que les pidieron más flexibilidad de planteamientos.

Porque la corrida de Zalduendo, aunque baja de raza y de escaso motor, con animales venidos a menos o de apagada emotividad, tuvo, en cambio, varios ejemplares de una gran calidad en sus embestidas y que pedían como respuesta algo más que un meritorio alarde de valor.

Salvo en aislados instantes, la tarde transcurrió así sin grandes sobresaltos, sin apenas emoción y sin eco en unos tendidos poblados de un público que admiró pero no se entusiasmó con lo que veía en la arena.

Los momentos más lucidos de la corrida se vivieron durante la faena de Sebastián Castella al tercero de la tarde, al que en el recibo ya instrumentó varios lances de rodillas en los mismos medios de la plaza.

Flojo en el caballo, el de Zalduendo demostró cierta clase en un amago de pique en quites entre el francés y el de Badajoz, aunque a los chicuelinas, las gaoneras y las saltilleras que uno y otro alternaron les faltó un poco más de pimienta.

El inicio de faena con pases cambiados de Castella parecía anunciar una faena grande que después se quedó sólo en estimable a medida que, sin que su matador acabara de cogerle el ritmo, el animal se fue apagando.

Aun así, ya metido en la corta distancia, el torero de Beziers le cogió bien el pulso con los vuelos de la muleta para que, sacando un fondo latente, volviera a aflorar la clase de ese toro al que cortó la única oreja de la tarde.

Ni antes, con el deslucido y apagado primero, ni después, con el mansurrón y temperamental quinto, que pareció reparado de la vista, volvió a tener Castella momentos tan destacados, en dos trasteos mecánicos e inexpresivos y con decisiones casi siempre poco adecuadas a las condiciones de ambos.

Por su parte, el planteamiento de Miguel Ángel Perera con sus tres toros fue exactamente el mismo: firmeza de plantas, sometimiento absoluto de las embestidas y ni una sola concesión al azar. Es decir, virtudes que, en otro momento y con otro tipo de toros más enrazados, hubieran tenido el mismo gran mérito solo que un mayor sentido.

Empecinado en seguir ese guión al pie de la letra, Perera no sólo no lució como merecía la clase del segundo de la tarde, que le pedía un toreo más sutil, sino que no provocó apenas olés entre un público al que su autoritario dominio de la situación, con animales tan aplacados, restó toda sensación de peligro y emotividad.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)