12 de febrero de 2017 00:00

El ecuavóley une a comunidades Salasaka

otos: fabián maisanche / el comercio Los habitantes tienen un espacio para jugar el campeonato de ecuavóley, en los alrededores de sus viviendas.

Los habitantes tienen un espacio para jugar el campeonato de ecuavóley, en los alrededores de sus viviendas. Foto: Fabian Maisanche / EL COMERCIO 

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Fabián Maisanche

Los vecinos de las parroquias Salasaka y El Rosario, en el cantón Pelileo, se reúnen en cuatro canchas de tierra de la comunidad indígena de Tungurahua.

Los jugadores del ecuavóley llegan en autos, caminando y en bicicleta desde sus diferentes hogares en medio de sembríos de maíz, papas y frondosos árboles frutales.

Los asistentes gustan de apostar y observar los reñidos encuentros entre indígenas y mestizos. Las personas de la tercera edad son las que asisten con su tradicional pantalón blanco, poncho negro y sombrero de ala ancha.

Mientras los jóvenes prefieren dejar su indumentaria tradicional en sus viviendas y utilizarla en las grandes fiestas del pueblo como la del Caporal, Los Capitanes, el Kuya Raymi o el Inti Raymi.

Los muchachos a menudo llevan una mochila en su espalda, en donde guardan sus zapatos de lona, camisetas o botellas con agua.

Amable Chiliquinga es uno de los cinco jueces que se encarga de recolectar las apuestas de los hinchas y de cuidar las pertenencias de los jugadores. En un extremo de su poncho guarda las cosas.

El indígena, de 56 años, se sentó sobre un balde blanco e improvisó un puntero con un madero. Este le sirvió para dibujar en el suelo el marcador en que iban los equipos y a quién le tocaba hacer el saque de pelota el pasado sábado.

“Hay que ser honestos y estar con los ojos bien abiertos en cada una de las jugadas. La decisión del juez es importante en el juego a pesar de los reclamos que se puedan presentar de parte de los jugadores”, indicó Chiliquinga.

Según los aficionados, un juez puede cobrar USD 3 por compromiso o los jugadores le pueden invitar una comida. Mientras el alquiler de la cancha es de USD 5 por cada partido. El propietario se encarga de tenerla en óptimas condiciones y arrojar agua para evitar que el polvo se levante.

Los aficionados Marcelo Pilla, Hernán Manjarrez y Nicolás Jiménez son asiduos jugadores de las canchas.

Los vecinos de la parroquia El Rosario se reúnen los sábados y una vez por semana juegan ecuavóley. Entre bromas y conversaciones cuenta que las apuestas van desde los USD 15, 50 y en esporádicas ocasiones asciende a los USD 100.

Manjarrez asegura que los partidos duran 40 minutos y hasta una hora. El artesano, de 45 años, explicó que el juego genera expectativa y atracción entre los vecinos.

Mientras se desarrolla el encuentro los apodos a los jugadores y las bromas son comunes. “Casi todos nos conocemos y hay una gran afinidad por disfrutar este juego. Las apuestas son para ponerle emoción al partido y que no sea aburrido”, cuenta Manjarrez.

Nelson Guangasi es otro practicante que arriba desde el centro de Salasaka. El hombre de contextura delgada y cabello cano explica que en las canchas de Ambato hay excelentes asentadores, ponedores y servidores.

Los partidos se juegan en las canchas de El Arbolito, parque Juan Benigno Vela, el polideportivo de la Federación Deportiva del Tungurahua y las canchas próximas al estadio Bellavista. “Acá jugamos los medios malitos pero con ganas de practicar este deporte. En las fiestas de parroquialización organizan torneos y este año esperamos que no sea la excepción”, indicó Guangasi.

La organización la realizan el Concejo Cantonal de Pelileo y los líderes de la Junta parroquial de Salasaka.

Martha Chango, concejala de Pelileo, indicó que la actividad que lleva más adeptos es el fútbol intercomunal y de la Liga Parroquial. La funcionaria comentó que este deporte es más competitivo y hay varias canchas en el cantón.

En la comunidad de Llikakama, ubicada al ingreso de Salasaka, hay dos canchas de ecuavóley. En el escenario improvisado en los terrenos de la casa Serafín Jerez se ubicaron tablas en los extremos de la cancha. El agricultor, de 42 años, ubicó cuatros postes con lámparas, redes en los alrededores y habilitó un baño.

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