13 de junio de 2016 00:11

Andrés Gómez: ‘Dejé muchos trofeos que gané en casas de amigos’

Andrés Gómez, extenista ecuatoriano. Foto: Wladimir Torres/EL COMERCIO

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Ronald Ladines

Junio es especial para Andrés Gómez. En este mes recuerda el aniversario del Roland Garros, en 1990. El extenista guayaquileño ahora es entrenador en su escuela, que funciona en el Anexo del Guayaquil Tenis Club, en Samborondón.

Su estatura (1,93 metros) y su cabellera blanca lo delatan entre los socios. Es fácil encontrarlo. Disfruta de estar en el club, donde pasa más de seis horas diarias.

Está abierto a conversar con cualquiera. El deporte le enseñó a ser cordial con las personas y “ayudarlas en lo que se puede”, según sus palabras.

¿Fue difícil manejar la fama durante su mejor momento deportivo?

Tiene cosas buenas y malas. Hay que acostumbrarse a un ritmo de vida diferente, donde pierdes parte de tu privacidad. Te conviertes en un personaje público.

A los 18 años (en el arranque de su carrera) perdió a su padre. ¿Qué tanto influyó en su vida?

Fue una de las cosas más difíciles. A pesar de que ese espacio fue suplido por mis dos hermanos, no era lo mismo. A veces necesitaba a mi padre para que con un par de carajazos me ponga orden. Lo que más extraño es que no haya podido estar conmigo para poder gozar mis mejores momentos en el deporte.

¿Fue él quien le inculcó el amor a esta disciplina?

El tenis siempre formó parte de mi familia, mi padre jugaba. Seguí la tradición, y luego de eso tuve que ir abriendo brechas, cometiendo errores y escuchando a la gente que era importante para mí.

Errores y carajazos. ¿Era problemático durante su etapa profesional?

No, simplemente fui joven… cometemos errores, entramos a la ‘edad del burro’. En algún momento todos reclamamos una independencia que creemos nos están cortando. Hacemos cosas tontas en el trayecto de nuestra vida, pero la grandeza de una persona está en mejorar para ver lo que nos conviene.

¿Qué tipo de errores?

Los que comete cualquier joven o alguien que va creciendo en un ambiente distinto al acostumbrado. Los errores que te llevan a crecer, aprender, madurar, a conocer las cosas buenas y malas. Es normal, nunca tuve miedo de cometer errores, sobre todo en esa etapa donde era más irresponsable. A mis 56 años los sigo cometiendo.

Roland Garros fue su mayor triunfo, ¿cuál fue su peor derrota?

Siempre duele perder, pero tal vez la que más recuerdo fue en Copa Davis, ante Iván Lendl, cuando enfrentamos a Checoslovaquia. Por una lesión en la pierna no pude terminar el partido. Eso me dejó fuera del circuito por algún tiempo, no solo física ­sino también anímicamente.

¿Le disgusta perder?

Es parte de la vida, si juegas 30 torneos al año y ganas cuatro, quiere decir que perdiste 26 veces, y siempre duele. A pesar de eso, perder es parte de ir creciendo, quien acepta mejor la derrota, valora mejor los triunfos.

Mencionó a Lendl. ¿Fue su mayor rival?

Siempre fue una piedra en el zapato (suelta la carcajada). Nos conocíamos desde los 15 años y desde ahí venía esta rivalidad. La verdad es que tuvo una mejor preparación, con cosas que yo no pude tener. Él venía de una escuela checa, donde tenían claros sus objetivos, estaba más preparado. Para mí fue duro aprender ciertas cosas.

¿Él le impidió ser el mejor del mundo (llegó hasta el cuarto puesto)?

Estuve muy cerca, en el 84, ese año perdí con Lendl en cuartos de final de Roland Garros y quedé en el quinto puesto. Si ganaba ese torneo hubiera sido el número uno del mundo. Estuve más cerca de encabezar el ‘ranking’ que en el 90. Siempre quise llegar a ser el mejor del mundo.

¿Siente suyo el Roland Garros?

Es mío, porque creces con eso, vives con eso. Cada vez que vuelves te da esa nostalgia. Lo gané y es uno de mis mejores recuerdos.

Cuentan que dejaba los trofeos en hoteles y aeropuertos. ¿Por qué?

Dejé muchos en diferentes lugares, porque se me olvidaban o porque no entraban en el equipaje. Algunos están en casas de amigos. Recuerdo que en Roma regalé un trofeo a la persona que me atendía en el camerino, es bueno porque tienes a alguien que te recuerda en alguna parte del mundo.

¿Y el de Roland Garros?

Ese sí está en casa (sonríe).

¿En qué invirtió lo que ganó en el tenis?

Tengo mi casa aquí en Guayaquil, una en la playa…Incursioné en banano, en camarón, pero eso quedó ahí. Preferí regresar a lo mío, que es el tenis, así que fundé la academia.

Editoriales le han propuesto escribir su biografía. ¿Cómo va eso?

Todavía falta un par de cosas en mi vida para poder entrar a ese proyecto. Hay algunas cosas que quiero que pasen antes de eso.

¿Considera que sus logros lo hacen inmortal?

No. Si las cosas que logré pueden ayudar a que alguien quiera tratar de mejorar­-las, perfecto.

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