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Ítalo Perea sufrió el ‘nocaut’ más fuerte de su vida hace dos años. Su madre Gissela Castillo murió producto de un edema pulmonar.

Cuando eso ocurrió ya era huérfano de padre. Su progenitor falleció cuando tenía cuatro años en un accidente de trabajo. Por eso, con tan solo 18 años, el campeón panamericano en la categoría +91 kilogramos quedó al cuidado de sus hermanos Dayana de 16 años, Thais, 12 y Jorge 4.

El hecho sucedió a mediados del 2009. Antes de ir a su entrenamiento vespertino, Perea pasó por el hospital donde se encontraba internada su mamá. El recuerdo de ese momento se mantiene como una impronta en la mente del boxeador.

Cuando Perea entró a la habitación, su mamá se sacó la mascarilla de oxígeno que aún la mantenía con vida y agitada le quería preguntar algo.

Ítalo jamás le había dicho que la amaba. En ese momento no pensó en que ella talvez le pedía que se lo diga, pero cuatro horas después esa preocupación empezó a perturbarlo.

El entrenamiento de ese día había finalizado. Se encontraba camino a casa cuando uno de sus tío lo llamó a su celular. Era para avisarle que su mamá había fallecido. “Hoy doy mi vida por decirle que la amo, decirle lo que en ese momento no me atreví a decir por querer parecer fuerte y sin sentimientos”, cuenta el deportista.

Perea proyecta una imagen ruda, un poco brusca. Pero se conmueve con detalles simples y cotidianos como las muestras de afecto de su hermana Thais, a quien más engrié.

Cuando su madre murió, Perea se encontraba en plena preparación para competir en un campeonato sudamericano. Según su ex entrenador Juan Torres, Ítalo necesitó de ayuda psicológica en esa ocasión para evitar que la muerte de su madre lo desconcentrara. “No podíamos pedirle que no piense en ella y tampoco que se desentienda de la situación. Lo que le pedimos es que haga de ese acontecimiento una fortaleza a la hora del combate”, recuerda el adiestrador cubano.

Ítalo heredó de su mamá, según cuenta él mismo, su carácter. Su temperamento es explosivo y le cuesta mostrar gestos de afecto hacia quienes están cerca de él.

No le resulta fácil decir, te quiero o te amo. Eso lo confirma su hermana Dayana, con quien él hace sobresalir su rol de padre. “Es poco expresivo, pero muy atento cuando nos hace falta algo”, confiesa Dayana.

Con ella es firme. No cede y tampoco deja doblegar su temperamento. Hace que sus decisiones se respeten. Es celoso, pero le ofrece su confianza para que confíe y comparta con él todo tipo de inquietudes.

Pese a eso se llevan bien. Fue ella quien, junto con otros vecinos y familiares, organizaron la semana pasada su bienvenida en el aeropuerto José Joaquín de Olmedo de Guayaquil. La idea les surgió después de la segunda pelea que Ítalo ganó en los Juegos Panamericanos de Guadalajara.

Para recibirlo, sus amigos le organizaron además una caravana motorizada a lo largo de la avenida 9 de Octubre, en Guayaquil, y en la calle principal de la ciudadela El Recreo.

Cuando Perea viajó a México no tuvo despedida. Tampoco les avisó a ninguno de sus hermanos y ni a sus amigos.

Sus familiares más cercanos se enteraron que ya se encontraba en México tres días después de su viaje. Había estado concentrado en el Centro de Alto Rendimiento del Comité Olímpico Ecuatoriano (COE) y no había tenido tiempo para llamarlos y menos aún para visitarlos como suele hacer antes de salir del país.

Anderson Ochoa, su amigo más cercano y vecino en el mismo barrio, fue quien llegó a la casa con la noticia de que su hermano había ganado las dos primeras peleas. “Cuando escuché que estaba a punto de ganar la medalla de oro, corrí a contarle a las hermanas. Ellas se emocionaron mucho y planificaron ver la última pelea”, recuerda el allegado.

La pelea final la vieron a través de Internet, en la computadora de escritorio negra que el deportista compró hace un año y que está ubicada en la sala de la casa, junto al televisor LCD de 42 pulgadas que reúne a la familia todas las noches frente a una novela o una película.

Perea desempeña en su casa, ubicada en la primera etapa de la ciudadela El Recreo (Durán), el papel de padre y madre.

El campeón panamericano combina esa faceta con el deporte que practica desde hace siete años, tres de ellos como parte del alto rendimiento.

Uno de los sacrificios más significativos que ha hecho para formar parte de la élite del deporte nacional ha sido separarse de sus hermanos. Esto ocurre cada vez que le toca participar en torneos internacionales o mantenerse concentrado antes de alguna competencia.

Lleva consigo una consigna cierta y recurrente: los mejores boxeadores del mundo han salido de estratos bajos y de la adversidad. Mike Tyson y su Lorna Smith, por ejemplo, fueron abandonados por su padre cuando tenía dos años y vivía en el barrio marginal Brownsville Brooklyn, en Estados Unidos. Roberto Durán fue lustra botas, camarero y mecánico antes de ser boxeador.

Los amigos de Tyson se burlaban de su seseo (el hecho de pronunciar la letra ‘s’ con un sonido similar al que corresponde a la ‘z’) y recibía constantes los abusos de niños mayores en las calles. Pero con Perea ocurría lo contrario.

Durante su etapa de infancia y adolescencia, era violento y constantemente se metía en problemas por pelear en la calle. Sus amigos le pagaban hasta USD 20 para que los defendiera de otras personas que los agredían.

En el barrio popular Fertisa (sur de Guayaquil), donde se crió, estudió y vivió hasta hace 5 años, lo recuerdan como un niño problemático.

Peleaba por lo menos tres veces al día y a su casa llegaban con frecuencia las madres de los agredidos a reclamarle a su familia por sus actos. “Peleaba hasta que mi enemigo o yo saliéramos partidos. Una vez en el suelo, nos dábamos con palos y piedras”, recuerda el boxeador a quien sus amigos conocen como Otilino, por su parecido físico con el fallecido ex delantero de Emelec y la Selección nacional, Otilino Tenorio.

De las cerca de 30 peleas, en las cuales se “fajó” en su antiguo barrio del sur guayaquileño perdió solo una. Fue contra uno de los muchos enemigos y que, según él, tenía el doble de su estatura. Él lo siguió increpándolo por supuestamente haberlo mirado mal, cuando este giró y le dio un puñete en la mitad de la cara.

Perea, sobrino del futbolista Franklin Corozo del Deportivo Quito, vigila las tareas escolares y colegiales de sus hermanos, los representa en sus unidades educativas y está siempre pendiente para que no les falte nada.

Cuando le toca competir fuera del país, antes de viajar, compra los alimentos para la casa y le pide a algún familiar que se quede en casa cuidándolos.

Su jornada empieza todos los días a las cinco de la mañana. A esa hora se despierta para hacerle el desayuno a sus hermanos y enviarlos a sus escuelas y colegios.

Después prepara el almuerzo para que sus hermanos, cuando estos lleguen al mediodía. Eso lo hacía también su mamá cuando él estudiaba. “Ese sacrificio por el hogar lo heredé de mi mamá. Esa es una enseñanza que me dejó para toda la vida”, explica con detenimiento.

Su mamá empezó a forjarlo como el “hombre de la casa” después de la muerte de su padre. Él era quien cuidaba que la casa esté segura todas las noches antes de dormir y quien arreglaba los daños que se originaban. Eso no ha cambiado, pero ahora dedica más tiempo a su preparación deportiva y al cuidado físico.

Su entrenamiento empieza a las nueve de la mañana en el gimnasio. Ahí realiza ejercicios de acondicionamiento físico. Por las tardes, antes de iniciar su segunda sesión de entrenamientos, los ayuda en sus tareas.

Thais cuenta que Ítalo es exigente con ellos en las calificaciones escolares. Los complace en todos sus pedidos, pero al mismo tiempo les solicita que estudien y saquen buenas notas. “Un rojo en la libreta significa que no nos dé algo que le hemos pedido”, cuenta la menor.

Pero todo ese sacrificio, según el deportista, “vale la pena”. Por formar parte del equipo élite de boxeo, recibe una ayuda económica del Comité Olímpico Ecuatoriano y la Federación Deportiva del Guayas que se aproxima a los USD 1500.

Con esa suma financia la compra de sus implementos deportivos y las necesidades de sus hermanos y el hogar.

Perea es zurdo, pero su primer entrenador, Jauri Mercado, lo preparó como si fuera derecho. Eso le permite que la fuerza en sus dos brazos sea equilibrada.

Boxeadores con esas características “son letales”, según Mercado, porque pueden sorprender a sus rivales con cualquier mano. Perea reconoce que ese detalle lo ha ayudado a ganar varias peleas por nocauts.

La mira está puesta en la medalla olímpica. Su preparación para alcanzar ese objetivo empezará en febrero y no en enero como en el caso de sus otros compañeros de equipo.

Perea pretende someterse a rehabilitaciones físicas que le permitan eliminar los dolores intensos que siente en su hombro y codo derechos. Hasta antes de eso descansará y presumirá de su título panamericano.

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Italo Perea



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