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El agua es turbia y la corriente tranquila en el río Santiago, ubicado a cinco minutos de Tiwintza, en Morona Santiago. Para llegar al poblado de Nakumkit (Pajaritos) hay que navegar durante 20 minutos en una canoa.

Un sendero de piedras, en medio de la vegetación espesa y de árboles frondosos, conduce al pueblo donde hay tres pequeñas casas de madera. Allí, viven los esposos Manuel Antich y Raquel Luchumbía y sus seis hijos casados y tres solteros.

Antich, de 54 años, es uno de los pocos shuar que sabe cantar el Nampet, Anet, Ujaj y Uwishin Nampesma (ritmos) y entonar instrumentos como el Peén, Pinkui, Tumák, Kaér y Makuinck.

En agosto pasado, la Regional Seis del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural hizo la presentación de un DVD. En ese material, el investigador Juan Carlos Franco recopiló videos, fotos y documentos en los que reseña la importancia de los instrumentos musicales de lo Shuar, considerados Patrimonio Sonoro del país.

Antich y su esposa se dedican a cultivar yuca y plátanos en su huerto y para cumplir esas labores usan botas de caucho y jeans. En su tiempo libre, vuelven a sus raíces y ellos y el profesor shuar Mario Chuinda buscan mantener su patrimonio musical.

Su huerta y el corredor de su casa se convirtieron en los escenarios para conocer su riqueza cultural, que se está perdiendo porque hay muchas prácticas que han ido cayendo en desuso

Con achiote pintan figuras triangulares en sus rostros, que simbolizan jerarquía, sabiduría y respeto. Antich viste un Itip (falda), una cinta en su cabeza y una suerte de chalecos llamados Esatim decorados con semillas. En sus tobillos tiene Makuich (semillas). Chuinda lleva el mismo atuendo, solo cambia la pintura de su rostro. Él representa a un guerrero y en su cabeza tiene una Tahuasa (sombrero de la piel de animal). Luchumbía con su cabeza inclinada apenas deja ver sus mejillas pintadas con estrellas, que representan su maternidad. Las miradas de Antich y Chuinda se cruzan y hablan en Shuar.

Esteban Unkuch es el traductor. Él narra los detalles de esta práctica. Por ejemplo, cuenta que ese saludo es el preámbulo para entonar el Nampet, un ritmo que se canta en público, en fiestas, actos ceremoniales y para consolidar una amistad.

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Ritmos Shuar

La etnia shuar buscar conservar sus ritmos e instrumentos tradicionales.




Chuinda aprendió estos ritmos de sus padres y abuelos, que vivieron en Shaimi, en el cantón Nangaritza de Zamora Chinchipe. Su voz fuerte inicia al canto que evoca a los animales y Antich le contesta agradeciendo las bondades de la naturaleza.

Solo fijan sus miradas y de forma espontánea improvisan cantos relacionados con su cotidianidad, pesca y agricultura. Luchumbía luce un vestido azul representando la belleza del cielo. Ese atuendo va sujeto por una suerte de cinturón de semillas denominado Shakap.

Otro ritmo Shuar es el Anet, que se relaciona con la caza, pesca, agricultura, relaciones afectivas y amorosas. Este tipo de melodía se interpreta en privado.

El profesor Chuinda recuerda su niñez y adolescencia cuando su padre le levantaba a las 03:00 para cantar el Anet y luego le hacía reflexionar y le aconsejaba.

Por segunda ocasión se escucha una voz. Esta ocasión es suave y melancólica. Según Chuinda, el Anet también se canta para enamorar y quien mejor lo haga de seguro será aceptado.

Este ritmo además es cantado por las madres, dice Luchumbía. Lo hacen al final de la tarde o al amanecer pidiendo por la salud de sus hijos en sus jornadas de trabajo o cuando no tienen noticias de ellos por algunos días.

Tranquilidad y armonía se perciben. Eso cambia cuando se escucha la voz de Antich, quien con ira interpreta el ritmo Ujaj. Es un canto guerrero y de protección de los espíritus negativos. Lo interpretan para defender su riqueza natural o evitar que extraños les hagan daño.

Otro ritmo es el Uwishin Nampesma, que se utiliza cuando hay enfermos y sirve para brindar protección a los seres queridos.

Los Shuar no solo tienen una riqueza cultural en el canto sino en la elaboración e interpretación de instrumentos. Esta actividad está a cargo de los hombres. Se cree que si una mujer lo hace, las melodías no serán armoniosas.

Las grandes y ásperas manos de Antich toman el Kaér (similar a un violín elaborado con cedro). Con una piedra afina sus tres cuerdas. Él, mientras mira las plantas que curan la mordedura de una serpiente, con una melodía agradece las bondades medicinales de la naturaleza.

Luego, por unos segundos, Antich inclina su cabeza en señal de tributo a sus abuelos y tíos que le enseñaron a interpretar el Kaér y Tumák.

Este último instrumento es elaborado con carrizo. Imita los sonidos de jilgueros, monos, loros…

Los ritmos alegres y de fiesta son interpretados con el tambor elaborado con madera y piel de animal. Este instrumento se combina con el movimiento de los Makuich que llevan en sus tobillos.

El ambiente festivo, de alegría aumenta en el instante que se escucha el Peém, una flauta de seis orificios y el Pinkui, que es una flauta de un orificio.

Chuinda toca esos instrumentos, mientras los esposos Antich y Luchumbía danzan y cuentan que gracias a estos ritmos ancestrales su vida es más llevadera.

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