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En lo alto de la montaña, la neblina es espesa. Apenas unos cuantos pasos separan al hombre de un camino seguro de aquel en que un paso en falso supone la caída por el abismo. Y en este punto, dos en realidad, es en el que Patricio Vallejo Aristizábal ha estado en estos últimos 30 años. Un lugar incierto, escabroso, cuya única certeza es la vivencia sobre el escenario.

Es esta constante búsqueda de un lugar que le sirva como punto de referencia para avanzar a otro instante en su quehacer teatral es el que ha hecho que Vallejo llame, entre uno de tantos motivos, a su escuela 'Contraelviento, teatro al margen'. Espacio relativamente pequeño en una de las terrazas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y que lleva funcionando 22 años.

El compositor húngaro Franz Liszt sostenía que un teatro recibe el reconocimiento a través de su iniciativa. Una realidad palpable al revisar la docena de obras que han salido del ingenio de un dramaturgo como Vallejo. Y todas manteniendo un hecho en común: son el producto de una mente desasosegada que se nutre de una variopinta selección de temas que van desde el mismo hecho teatral, pasando por la literatura y la sociología, hasta el conocimiento sobre la realidad política nacional e internacional. Cómo no hacerlo cuando se tiene una biblioteca que llega (si ya no lo hizo) a los 4 000 títulos. Carga pesada para quien, teniendo nutridos anaqueles, es algo reticente al prestar un libro.

Es curioso observar que la labor sobre las tablas ha surgido, en la vida de Vallejo, a la par de su obsesión por el conocimiento. En 1983, mientras cursaba sus estudios universitarios, se incorporó a la agrupación teatral Frailejones. A finales de esa misma década llegó a compartir departamento con Luis Monteros, quien mantiene vivo el recuerdo de que Vallejo era un lector empedernido, así como un hombre riguroso en su arte.

Esa sed de conocimiento no solo es plausible al momento de leer piezas suyas como Tarjeta Sucia o Réquiem, ricas por el uso de un lenguaje tan poético como sapiente. En el ejercicio de la escritura, Vallejo se ha aproximado al ensayo. Así lo hace en el libro 'La niebla y la montaña', un estudio de 311 páginas que exponen la panorámica teatral ecuatoriana desde sus orígenes hasta la actualidad. Sentado en el Café Verde, una pequeña cafetería muy cercana a su casa en La Merced (valle de Los Chillos), él señala que este es un trabajo a través del cual quiere despertar el interés del público por la investigación de las artes escénicas en el país.

Avivar la curiosidad de las personas es uno de los mejores oficios que Vallejo ha aprendido a lo largo de los años. Juan Carlos Morales, su librero de confianza y dueño de la librería El siglo de las luces, comenta que conversar con el dramaturgo es uno de los tantos placeres que solo las charlas de alto nivel de intercambio pueden ofrecer. A su local Vallejo asiste regularmente, sea por una visita, sea rastreando un libro de teatro que no ha conseguido en otro lugar de la ciudad.

Pero quien bien conoce esa necesidad de Vallejo por conocer todo sobre su entorno es Mariano, su último hijo, con quien el maestro quiteño juega a buscar cierta clase de tesoros escondidos en el bosque que rodea el lugar donde viven. Para el pequeño de ocho años, uno de los mejores momentos del día es cuando emprenden una nueva exploración en la casa.

En sus años como director, las historias que se han tejido en la sala negra de Contraelviento -espacio donde ensayan los estudiantes de Vallejo- también hablan de su trayectoria. Verónica Falconí, quien en la actualidad es su compañera sentimental y madre de Mariano, dice que en este lugar logró conocer, hace aproximadamente 15 años, a una persona para quien la actuación es un verdadero modo de vida. La precariedad es uno de los aspectos con el que se suele caracterizar a este oficio. Sin embargo, ella contradice tal idea exponiendo parte de la vida de Vallejo, su maestro. "Para él, el teatro siempre lo fue todo. Un modo de ser al cual hay que entregarse con devoción para cosechar éxitos", acota. Entre aquellos logros se pueden mencionar, por ejemplo, el hecho de que el investigador Luis Ramos-García, de la Universidad de Minnesota, incluye a la producción de Vallejo como parte de los estudios sobre teatro latinoamericano.

Extraoficialmente se conoce que para el 2014 la Casa de las Américas publicaría una antología del teatro ecuatoriano. En ese caso, una de las obras que se incluiría es 'La flor de la Chukirawa', recientemente invitada al Festival Emilio Carballido de Teatro, en México. La elección del dramaturgo radica en que la pieza aborda cómo una madre pierde a su hijo en una infame guerra. Sin embargo, esta no es una de sus favoritas. La que se lleva el primer lugar es 'Al final de la noche' en la que el recuerdo marca la pauta para transitar por lo vivido.

Uno de los recuerdos más gratos que la gente tiene de Vallejo es su toque culinario. Un ají de queso ha sido el platillo para recibir a tantos amigos actores que han hecho de la casa de La Merced su hogar. Esto no solo habla de una hospitalidad que se cuece sobre una hornilla sino que testifica su posición frente a la carne: la detesta. No como resultado de una incursión en el vegetarianismo. Más bien por el simple hecho que le sienta mal.

Casi al final de 'La niebla y la montaña', Vallejo reafirma su posición de tozudez y rebelión frente a las "promesas del mundo, de la injusticia y la violencia". Quienes lo conocen, dicen que Patricio Vallejo cree firmemente en el desprecio a lo "socialmente establecido". Siempre habrá una batalla más por vencer, una meta por alcanzar, un escenario sobre el cual actuar.

"Lo incuestionable es que la vida en el escenario es la de la exposición, la revelación de lo oculto".

"Yo tengo la necesidad de caminar con mis propios pasos, inclusive si es sobre arenas movedizas".

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