El refugio de un experto en barro, madera y color

Víctor Vizuete
Editor (I)

No hay discusión. La casa es el reflejo fiel de la persona que lo habita. Es una sumatoria de sus conceptos, vivencias, sueños y aspiraciones.

La residencia de Fausto Acosta Villota es una reafirmación exacta de este axioma.
Graduado en la Universidad Central del Ecuador, después de estudiar en la Escuela Espejo y el Colegio Benalcázar, este arquitecto delgado, pequeño y dueño de una barba al estilo El Greco nacido en Quito en 1957, se especializó en la construcción con materiales alternativos, principalmente con el tapial, el adobe y el cob.

Este cob es una técnica muy parecida al tapial pero con dos grandes diferencias: en el cob se levantan 20 cm diarios de barro en toda la superficie de la vivienda; y no solo paredes sueltas como en el tapial.

La otra diferencia entre ambos procedimientos es que con el cob se pueden realizar diseños redondos o curvos de fachadas e interiores, algo muy difícil de lograr con la tapia.

Desde luego, aprender estos métodos constructivos demandó a Acosta cientos de horas de estudios, prácticas y laboratorios.

Acosta en su rincón de las cruces, todas de recuerdos.

Acosta en su rincón de las cruces, todas de recuerdos.

Empezó su andadura por los caminos de la arquitectura vernácula con los trabajos de remediación que realizaron la GTZ, la Cruz Roja y las Naciones Unidas en Cayambe y su entorno, luego del sismo de la Amazonía de 1987, que afectó a las viviendas cercanas al cantón pichinchano. Luego cimentó sus conocimientos en Miraflores, Cuenca.

Su gusto por la tierra terminó por apropiarse de su profesión bajo la influencia de dos maestros de esa arquitectura: Juan Alfonso Peña y Manuel Pérez, arquitectos pioneros de esa tipología en el país.

También, conoció de cerca las técnicas vernaculares que utilizan, hasta hoy, los campesinos del Perú y Bolivia.

Con ese bagaje se decidió a fundar, en 1995, el taller Barro Viejo’, en unión de otros dos emprendedores: Julio Guayasamín y María Angélica Sáenz.

El baño es una muestra coherente del estilo vernacular de barro. La sala, en cambio, privilegia blancos y terracotas.

El baño es una muestra coherente del estilo vernacular de barro.

Como todo nuevo emprendimiento, Barro Viejo fue labrando su prestigio poco a poco. Cada casa de adobe o tapial que levantaban era una valiosa carta de presentación que les significaba más y más trabajo.

Su primera casa, levantada en un costado de Tumbaco tuvo, obviamente, esa tipología.
“Lamentablemente, por circunstancias de la vida tuve que dejarla y buscar otro inmueble para residir’, afirma entre nostálgico y conforme.

Encontró una casita de 160 m² -en una sola planta- en la misma parroquia rural del Distrito Metropolitano de Quito, pero más cerca del centro. El único problema de esa vivienda era... que tenía estructura de hormigón armado y eso como que no acababa de agradar a él, su pareja y sus hijos.

La sala, en cambio, privilegia blancos y terracotas.

La sala, en cambio, privilegia blancos y terracotas.

¿Cuál fue la solución que encontró esta amante de la tierra? Pues transformarla en una de esas viviendas de paredes de adobe, pisos de gres, carpintería de madera sin pulir, divisiones de piedra natural en algunos ambientes como los baños; puertas de corte antiguo, vigas de madera en la estructura de la cubierta, cuyo tejado es, precisamente, de teja clásica, española, traída de Cuenca.

La decoración interior y el mobiliario siguieron los mismos conceptos de decoración y diseño.

En cuanto al color, los blancos se contrastaron con tonos vivos como los verdes, los azules, los terracotas intensos.

Estos pigmentos están presentes en algunas paredes y columnas, en puertas y ventanas, en los muebles y hasta en el desayunador de la cocina, cuyo mesón está cubierto de baldosa de cerámica.

Viajero impenitente, Acosta creó en su acogedora casa sus propios rincones con todos los recuerdos que trajo y trae de sus excursiones: Así, tiene el rincón d e las cruces, el de las hadas, el de las fotos y otros.