El artista ecuatoriano tiene un taller en su casa, al que considera un templo de inspiración y creación. Allí pasa más de 12 horas al día dando forma a sus obras y decorándolas. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

El artista ecuatoriano tiene un taller en su casa, al que considera un templo de inspiración y creación. Allí pasa más de 12 horas al día dando forma a sus obras y decorándolas. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Marcelo Troya se inspira en la historia para crear piezas decorativas miniaturizadas

Yadira Trujillo Mina. Redactora (I)

Marcelo Troya pasa 12 horas al día en su taller, un espacio adecuado en la planta alta de su casa. El sitio tiene una entrada misteriosa: advierte el paso hacia la creatividad. El artista dice que se trata de un templo.

En este sitio, reproduce piezas históricas en versión miniatura. Se trata de objetos con un amplio valor artístico, ideales para decorar estancias de casas o empresas.

Lo que más llama la atención, por sus detalles, son los barcos de pequeños y grandes formatos. Con esos, Troya inició su recorrido. “Todo empezó por vocación, cuando tenía unos 10 años. Ahora es mi modo de vida”.

Esos se componen en un 80% por madera e incluyen alambre de hierro, de cobre y tela, con la que se hacen los velámenes de las embarcaciones.

En su taller hay reproducciones y creaciones propias, como el Cristo del Ancla.

En su taller hay reproducciones y creaciones propias, como el Cristo del Ancla.

El artista considera que su trabajo tiene relación con la arquitectura y el interiorismo, ya que las piezas finales que elabora son un importante aporte en esos dos campos.
Además, indica que su creatividad tiene relación con la ingeniería mecánica, especialmente con lo relacionado a la elaboración de barcos.

Para hacerlos, Troya se vale de su imaginación, pero también de escritos. Es un lector dedicado y crea a partir de lecturas. Tiene una biblioteca de la historia naval desde unos 100 años antes de Cristo.

Pero además de los barcos, este artista hace diferentes figuras que otorgan un estilo histórico a la decoración.

En medio de sus lecturas encontró referencias que lo llevaron a realizar réplicas de aparatos bélicos como catapultas, cañones navales de los siglos XIV y XVIII, bayetas romanas, entre otros.

El artista cuenta que ha vendido sus obras a empresarios, presidentes y vicepresidentes de la República, médicos, ingenieros, arquitectos y también a aficionados que han querido tener una pieza de ese tipo para embellecer su casa u oficina.

Para elaborar un barco de formato mediano se toma hasta tres meses, mientras que para crear uno de gran formato, como el que permanece en una vitrina de su taller, ha necesitado de cuatro años. En ese ejemplo se nota hasta el más mínimo detalle de la embarcación y cuenta con más de 3 000 piezas hechas a mano.

En su taller tiene muestras de los barcos de diferentes formatos que realiza.

En su taller tiene muestras de los barcos de diferentes formatos que realiza.

Entre las obras decorativas que Marcelo Troya realiza también se destacan los portones y balcones quiteños. Esos son de madera, pero la creatividad del artista hace que parezca una combinación de diferentes materiales.

Las piezas tienen espacios que simulan piedra y metal. Eso se logra a partir de la aplicación de ocho o 10 capas de texturas químicas distintas, combinadas con creatividad y constancia, comenta Troya.

Su mismo taller es una muestra del estilo que plasma en sus obras. Allí tiene desde pequeñas placas decorativas, inspiradas en figuras y paisajes, hasta creaciones propias como el Cristo del Ancla.

En ese templo también se siente el espíritu de un coleccionista. Hay armas auténticas que el artista ha conseguido a través del trueque. Cuenta que cada pieza tiene su propia historia de adquisición.

Troya las recomienda para crear puntos focales en la casa, en pilares o esquinas de distintos ambientes.

Calcula que durante toda su trayectoria ha realizado entre 800 a 1 000 piezas de arte, que hoy se encuentran dentro y fuera del país.

Este trabajo le ha dado al artista varias anécdotas. La que más recuerda sucedió en el 2012, durante una exposición que realizó en el Ministerio de Cultura. Allí se exhi­bieron 25 de sus obras. En aquella ocasión, un niño dijo, “lo que más me gusta de estas obras es la sonrisa del artista y su pulcritud”. Troya lo recuerda con orgullo y asombro “una expresión tan profunda y auténtica”.