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El cierre de embajadas y legaciones diplomáticas de Estados Unidos en los países árabes, en Medio Oriente y en algunas naciones africanas, no parece cosa de poca monta.

Al anuncio oficial de los estadounidenses siguió, con horas de diferencia, la acción decidida de otros países del planeta que intentan resguardar la seguridad de sus representaciones diplomáticas en terceros países, de una eventual oleada de ataques terroristas que estarían cocinándose en el seno de organizaciones radicales como Al Qaeda.

Los americanos han señalado que la ferocidad de estos presuntos ataques pudiera ser de una gravedad superlativa, tanto o más que lo que experimentó la nación americana con el atroz atentado de las Torres Gemelas en septiembre del 2001.

Europa entera se encuentra con la respiración contenida, pero desarrollando, concomitantemente, operativos para proteger a la colosal oleada de turistas. La reacción en cadena de los países aliados de Estados Unidos lleva a pensar que el establecimiento de programas de seguridad del género de los diseñados por Estados Unidos y algunos países europeos no obedecen al torcido deseo de llevar un registro de lo que hace el desaprensivo ciudadano a través de sus correos electrónicos, sus mensajes de redes sociales o su teléfono celular.

Es así como ha querido hacerlo parecer el exagente de la NSA Edward Snowden inspirado en el nada execrable propósito -hay que reconocerlo- de llamar la atención sobre la necesidad de hacer respetar la inviolabilidad de la privacidad.

La realidad es que es a través de estos programas de vigilancia, de las distintas formas de comunicación de que disponen los integrantes de las células de los movimientos extremistas y radicales que las agencias de seguridad han podido detectar los movimientos que llevan a anticipar una ofensiva sangrienta en contra de poblaciones civiles.

Las formas modernas de comunicación han hecho posible que iniciativas subrepticias y perversas puedan pasar inadvertidas. No es este un tema que, en sus pormenores, pueda o deba ventilarse ante el gran público pero el mismo ha sido y está siendo objeto de un minucioso examen en las instituciones que deben velar al mismo tiempo por el derecho a la privacidad de los ciudadanos y por el derecho a la vida y a una existencia sin sobresaltos.

El tema no es ligero y ninguna de las naciones involucradas en el montaje de mecanismos de prevención y de disuasión los ha manejado de manera negligente. Otro tanto deberían estar haciendo las ONG que irrestrictamente han apoyado su eliminación sin cavilar dos veces que la privacidad esa es una moneda que tiene otra cara.

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