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La reunión cumbre de los presidentes Felipe Calderón Hinojosa, de México; George W. Bush, de Estados Unidos, y el primer ministro Stephen Harper, de Canadá, ha sido salpicada por el impacto del huracán Dean, la deportación de la mexicana indocumentada Elvira Arellano, madre de un niño estadounidense de 8años, y el recordatorio de lo mucho que queda por hacer en la construcción de confianza  y en particular en el tema de aduanas en Norteamérica.

La enumeración de actos fortuitos, de ‘Dios’ les llaman las aseguradoras, y de los seres humanos -no tan azarosos, como una deportación- sirve de recordatorio sobre la complejidad de estos encuentros presidenciales.

En tiempos de Adolfo López Mateos, el embajador mexicano en Colombia, Salvador Pardo Boland, fue detenido en EE.UU. acusado nada menos que de narcotráfico.

Durante una visita en Washington, el presidente Miguel de la Madrid fue señalado en una nota del periódico The Washington Post por presuntamente haber hecho un depósito de USD 100 millones  en un banco suizo.

En esta ocasión el mensaje para hacer sentir el poder estadounidense, vamos, para ablandar al interlocutor, fue la deportación de una señora convertida en símbolo de la lucha por una reforma migratoria que pretende regularizar una situación de hecho que compete a los dos países, pero en la que Estados Unidos cede con demasiada frecuencia al flanco xenofóbico.

La deportaron ayer, no hace una semana ni un mes ni pasado mañana. Ayer, horas antes de que se sentaran a la mesa Calderón, Bush y Harper para hablar de Norteamérica, donde los bienes y el capital fluyen, pero las personas no.

Zbigniew Brzezinski, quien fue consejero de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, afirma en su libro ‘Segunda oportunidad’ que para mucha gente en el mundo el símbolo de EE.UU. hoy ya no es la estatua de la Libertad, sino la prisión de Guantánamo.

En su propia región no pueden insistir en su urgencia de reforzar la seguridad sin ofrecer a cambio cooperación razonable y efectiva para la prosperidad, notablemente de México, su vecino más rezagado. Si tenemos que hablar de confianza, esta debe ser mutua. 

El intercambio en todo caso debía ser recíproco, porque durante los últimos ocho años ha sido realmente muy difícil ser amigo de EE.UU. Más aún, para no sonar partidistas, desde la caída del Muro de Berlín ninguno de los tres presidentes que han pasado por la Casa Blanca, Bush padre, Clinton y Bush hijo, han logrado el deseable balance entre seguridad y prosperidad.

Los vientos soplan nuevamente hacia el énfasis en la seguridad, mientras se habla ya de cooperación en equipos en el combate al narcotráfico, un Plan México. Las preguntas que necesitarían contestarse desde hoy en Quebec son: ¿Y la prosperidad qué? ¿Y la competitividad cuándo? ¿Y los empleos para quiénes? Queremos una América del Norte próspera, no sólo segura.

* El Universal , México , GDA
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