21 de enero de 2016 11:24

La universidad ecuatoriana

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Pablo Jarrín Valladares

En el mundo de la literatura existe un lugar donde las ideas deben pasar por filtros rigurosos y, por lo tanto, se consideran fiables. Este es el dominio de las revistas académicas indexadas.

Aunque dolorosa, la verdad es que hay más cosas escritas sobre Ecuador por extranjeros que nacionales. Es así como en el año 1997, entre los miles de artículos académicos sobre Ecuador, un señor de apellido Jameson escribió en la revista de prestigio académico Higher Education un estudio sobre la situación de la educación superior. La conclusión de su análisis fue que en nuestro país la educación universitaria era “imposible de explicar, evaluar, o defender en el terreno de la equidad, eficiencia y calidad” y su contribución al desarrollo nacional.

Lo cierto es que la universidad ecuatoriana está en la escala más baja de puntaje en Suramérica en cuanto a producción científica, calidad de educación, capacidad tecnológica e innovación. Esto lo dicen los señores Feyen y Van Hoof en un número de la revista Maskana del año 2013 (esta sí una revista científica ecuatoriana).
El problema es que, sin importar las teorías económicas o las tendencias políticas del momento, una nación que no le da valor a su universidad está condenada a vivir en el fracaso.

Mientras nuestra sociedad, políticos y ciertas autoridades universitarias se nieguen a reconocer el oscuro pasado e incierto presente de la universidad ecuatoriana, no habrá lugar para el futuro.

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