13 de febrero de 2016 00:00

La universidad ecuatoriana 

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Pablo Santiago Jarrín Valladares

La universidad latinoamericana tiene una historia particular que la distanció de la ciencia e innovación. Desde el siglo XVI hasta las primeras dos décadas del XX, las instituciones de educación superior permanecieron bajo la autoridad de varias formas de coronas reales, la Iglesia Católica y familias oligárquicas que basaban su poderío económico en la exportación de materias primas, mas no en la innovación. Esta cultura instauró una economía basada en productos no procesados de escaso valor, tecnología y conocimiento.

Las revoluciones industriales de los siglos XIII y XIX fueron procesos sociales, económicos y científicos que ocurrieron en Europa y Norteamérica y que contribuyeron a afianzar el modelo primario-exportador de nuestras sociedades.

En consecuencia, nuestras universidades permanecieron al margen del desarrollo de nuevas ideas, reforzaron su distanciamiento con la investigación científica y no fueron agentes de cambios sociales. Esta herencia histórica persiste en la realidad de que solo 62 de las 16 000 instituciones de educación superior en Latinoamérica pueden ser consideradas de investigación. Esto último lo dicen L. E. González y otros autores, en el año 2015, en el libro ‘Strategic Management of Universities in the Ibero-America Region: A Comparative Perspective’. 

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