2 de junio de 2014 19:14

La transición energética

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Alfons Pérez

Los debates sobre la transición energética, entendiéndola como inevitable por el agotamiento de los combustibles fósiles, son frecuentemente encarados como un reto técnico y tecnológico de sustitución de una cantidad de kilovatios hora (KW/h) o de kilotoneladas equivalentes de petróleo (ktep), por otra cantidad de energía, en el mejor de los casos, de origen renovable.

Pero ¿qué pasaría si afrontáramos la discusión sobre la transición energética situando a las personas en el centro del debate? La primera consecuencia sería que el debate incluiría nuevos actores, abriría nuevas perspectivas, enfrentaría consideraciones estructurales y aflorarían cuestionamientos de raíz. ¿Energía para qué y para quién? ¿Quién define las políticas energéticas y bajo qué criterios? ¿Cómo afecta nuestro modelo energético a las poblaciones y comunidades más allá de las propias fronteras? En el marco de la Unión Europea, por ejemplo, se está imponiendo el gas natural como el combustible de transición, pero si analizamos la estrategia que hay detrás, percibiremos una necesidad imperante de sustituir la dependencia del gas de Rusia y la perpetuación de un modelo controlado por grandes empresas transnacionales que requiere costosas infraestructuras. Por este motivo, para desvanecer las cortinas de humo que buscan “cambiarlo todo para que todo continúe igual”, hacen falta propuestas ciudadanas que creen nuevos espacios de debate sobre la energía. Es aquí donde la relocalización puede jugar un papel clave definiéndose como una estrategia colectiva que debe permitir la satisfacción de nuestras necesidades en la escala local. Comporta reconsiderar ámbitos como la alimentación, movilidad, hogar, ocio y bienes y servicios; para satisfacerlos bien cerca, reencontrando el significado de lo local y gozándolo plenamente.

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