23 de septiembre de 2015 00:00

En terapia intensiva

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Guillermo Falconí Morales

Mientras el país entero clama por una señal de confianza que permita que los empresarios inviertan con alguna garantía, que los ahorristas no retiren su dinero de los bancos, que los negocios fronterizos no cierren y que no se pierdan más empleos, se arremete contra el representante del Papa por sugerir un diálogo inclusivo. Y se vuelve a insistir en el envío de las leyes de herencia y plusvalía (mejoradas luego del monólogo, cuando advertían que solo era desinformación), se ataca a tres periódicos de prestigio mundial, se sanciona a dos diarios locales, se amenaza con disolver a la ONG que denuncia los ataques a periodistas, se vota en contra de una reunión conciliadora de la OEA para resolver el conflicto de países hermanos y se arrepienten de haber alumbrado una Constitución supuestamente garantista. Mientras los analistas económicos de otros colores proponen alternativas urgentes, se añora una moneda propia para poder devaluarla y se resisten a poner a dieta a un Estado con obesidad mórbida y alto riesgo de infarto. Como el oro ya está empeñado y se hipotecó parte del petróleo de los próximos años, ya no hay quien nos fíe.

Con algo de sensatez todavía puede evitarse que el país ingrese a terapia intensiva. Si los responsables fuesen médicos, ya se los habría demandado por mala práctica profesional.

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