10 de julio de 2015 20:24

La Supercom y la ley de medios

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José M. Jalil Haas (O)

A propósito de la Ley de Comunicación y las aspiraciones de que la Supercom tenga capacidad coactiva, opino así: La característica más esperada y más aplaudida de un funcionario público es que las medidas, o sus anuncios, se hagan de manera oportuna. Cuando un funcionario hace un anuncio o propone una medida en momentos que no son adecuados, pueden generar reacciones inesperadas, no siempre agradables para quien las emitió.

Para encontrar la ocasión adecuada, se requiere de un olfato especial que distingue a las personas que han desarrollado una especie de sensibilidad a fuerza de experiencia y conocimientos, de un cierto tipo de sabiduría. Todo esto deviene, obviamente, de la cultura.

Cuando algún funcionario es improvisado, no ha desarrollado su olfato para detectar el entorno social adecuado para que lo que proponga sea receptado de manera positiva. Entonces se produce lo que podemos llamar como una reacción negativa que, en muchas ocasiones, se puede transformar en protestas, que pueden inclusive llegar a ser violentas. La verdadera sabiduría radica en el hecho de poder plantear propuestas adecuadas y que sean aceptadas por la sociedad en general.

Frente a un clima de descontento manifestado por un gran sector ciudadano, que muestra su inconformidad con actitudes que consideran de exceso de control e imposición de conceptos y/o leyes, vemos con estupor que se pretende ampliar la capacidad de la entidad encargada de garantizar la democratización de la comunicación, según expresiones de las propias autoridades de esta entidad, para que se incluya la capacidad coactiva a sus atribuciones. Inoportuna la propuesta, además de poco razonada: es inconcebible que se adjudique a una misma institución la facultad de calificar y sancionar por un supuesto delito, en especial cuando las autoridades encargadas tanto de juzgar como sancionar, son autoridades designadas y en muchos casos responden a un determinado sector. Lo más adecuado es primero corregir los mecanismos de selección para velar que entre quien sentencia y quien califica haya un equilibrio que demuestre la imparcialidad. 

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