17 de abril de 2017 00:00

Recuerdos de la Semana Mayor

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Mario Mullo - Rosa Leiva.

Respetando las tradiciones y costumbres de cada región, país, pueblo, comunidad, parroquia, familia, quiero compartir las reflexiones que hemos hecho en nuestra comunidad, las cuales se enmarcan en los hechos que acompañan a la celebración de la semana santa. 

Hace muchos años nuestros padres, siguiendo la tradición cristiana de la semana santa nos enseñaron que esa semana es sagrada, porque se conmemora la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Se hacía hincapié en los suplicios y sufrimientos de la pasión, los cuales sufrió Jesús por nuestros pecados.

También nos enseñaron que durante esa semana debemos observar nuestro comportamiento en todos los espacios de trabajo, estudio, oficina y de manera especial en nuestras casas.

Que debíamos acercarnos a la confesión para cumplir con el precepto del mandamiento de la iglesia que dice; comulgar una vez en el año.

Con toda devoción asistíamos a la procesión del Domingo de Ramos para hacer bendecir los ramos y el romero para tenerlos en la casa, los cuales se les utilizaba para quemarlos cuando había fuertes tempestad es o se presentaba algún maleficio o peligro.

Los días lunes, martes, miércoles santo, eran días de trabajo y asistencia escolar, procurábamos comportarnos mejor, teniendo en cuenta que eran días santos.

El Jueves Santo, madrugábamos para comprar el pan especial que las panaderías y las familias hacían, para conmemorar el pan eucarístico. La novedad de ese día era asistir a ver el lavatorio de los pies que se hacía en la iglesia parroquial. Después de la misa quedaba el Santísimo guardado en el tabernáculo en un altar preparado para la adoración de los fieles que se lo hacía durante toda la noche. La costumbre era visitar los monumentos eucarísticos que se hacían en las iglesias de la ciudad. Al medio día se almorzaba la tradicional fanesca, el molo, el dulce de higos, el arroz con leche, hechas con las características y habilidades culinarias de cada familia.

El Viernes Santo era un día de ayuno y abstinencia, en las familias desde el inicio de la cuaresma, los días viernes no se comía carne, ese día algunas personas vestían de luto recordando la muerte de Jesús, en la tarde se asistía a la celebración de la pasión y muerte de Jesús y para escuchar las siete palabras.

Luego se hacía el descendimiento de la cruz, en la cual actuaban los santos varones que eran una cofradía de feligreses de las parroquias, los cuales mantenían la tradición de heredar esa función de padres a hijos. El Sábado Santo continuaba el luto y la tristeza de la muerte de Jesús, se esperaba la media noche para asistir a la misa de resurrección que se celebraba a las doce de la noche, se llevaba velas, cuadros de imágenes de santos, agua, para hacerles bendecir.

El domingo se celebraba la fiesta de la resurrección de Jesús, realmente era un día festivo, la comida era especial, el saludo alegre era: felices pascuas. Se recordaba la frase del apóstol Pablo: Si Cristo no resucitaba, vana sería nuestra fe. ¡Felices pascuas!

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