3 de octubre de 2015 00:00

Llorar de gracia

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Fernando Esparza Dávalos

Las lágrimas siempre me han parecido un misterio, un adentrarse profundo en la conciencia frente a un hecho determinado. Hay diferentes manifestaciones del llanto. El mismo verbo llorar viene del latín y nos familiariza con la lluvia.

La lluvia que fertiliza la tierra, la lluvia que purifica el entorno, la lluvia… El gran vate francés Saint John Perse, a este propósito, nos levanta el alma con este texto: “Os haré llorar, ya es demasiada gracia entre nosotros. Llorar de gracia, no de pesar”. Lo dicho para referirme al suceso magnífico protagonizado por el presidente del Congreso de EE.UU., John Boehner, por el saludo que diera el papa Francisco a su pueblo. El Pontífice pidió bendiciones para la gran nación, bendiciones para las familias, los niños y para cada uno de lo que tuvieren a bien recibir los beneficios de Dios en su presencia papal. A los ateos pidió para él que le deseasen cosas buenas. El misterio de vivir y construir tiene muchos signos salvíficos que no necesariamente son patrimonio de los letrados. La vida, que siempre será positiva como la lluvia, nos invita a quebrarnos de nuestra dureza y a llorar de vez en cuando, ya que este será siempre un acto humilde y purificador. Parecería que este se cultiva más en los corazones sencillos y tiernos, no obstante los “grandes” que tienen en su haber muchas cosas cuando tienen en su conciencia también a Dios sobre todas las cosas, se emocionan de saberse redimidos por las palabras. Como decía otro poeta francés Rimbaud, “tanto vale el que escribe un libro como el que labra la tierra”. 

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