6 de diciembre del 2016 0

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Teresa Palacios

Les traigo buenas noticias a todos los aficionados taurinos quienes pensaron que después de la consulta popular del 2013 ya no tendríamos la oportunidad de vivir estas emociones. Pues, les invito a recorrer la “Plaza Artigas”; sí, el redondel ubicado en el centro norte de la capital.

Lo que uno vive en esta plaza como peatón o conductor es emocionante, especialmente durante las “horas pico”. Inicia el primer tercio y monstruos de 500 kilos y más aceleran a toda velocidad con la misma furia que los cientos de carros colegas que llegan hasta este cuello de botella de la ciudad. Todos ellos, sin importarles las consecuencias, embisten a quemarropa al primero que se cruza por su camino. Al final del primer tercio se escucha una estridente trompeta (de uno de los tantos pitos que rompen hasta el tímpano más resistente), e invita al inicio del segundo tercio.

La gente vibra de emoción, la fiesta apenas empieza. Es hora del segundo tercio, el de las banderillas. Aquí, más de un peatón valiente se atreve a cruzar una de las veredas, y, con el valor que le caracteriza al mejor de los banderilleros, estos peatones corren desesperados para cruzar las vías y burlan a los carros en pleno movimiento y proceden a colocarles un perfecto par de banderillas en todo lo alto. Los graderíos se alocan y aplauden tanto valor.

El tercer tercio inicia con otro trompetazo. Esta vez de uno de los tantos buses. Desde el fondo se escucha a un aficionado “no pites trompudo” mientras el cobrador de esa unidad le dice al chofer “tu tranquilo, toca nomás trompudo”. Sin permiso de la autoridad se da inicio al tercer tercio. Digo sin permiso, porque la autoridad de tránsito en lugar de hacer su trabajo estaba ocupada mensajeando desde su celular. Tarde gloriosa de muletazos. Los monstruos de 500 kilos no han perdido su furia, embisten por su pitón derecho y por su pitón izquierdo con el mismo terror. Los graderíos eufóricos corean en la plaza al unísono: ¡Que viva Quito.... Que chupe Quito...!

Llega el momento de la suerte suprema. Primer aviso, segundo aviso... La tarde ha terminado. 

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