30 de julio de 2016 00:00

Una novela y la tragedia

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Pablo Santiago Jarrín Valladares

Al volante de automóvil de lujo, Brady Hartsfield embistió a docenas de personas en una feria de trabajo, matando a ocho y dejando heridas a muchas más. Hartsfield, una persona perturbada emocionalmente, resulta ser la representación de la maldad cuando, en su estado más puro, no solo destruye a quienes rodea, pero se consume a sí misma con la destrucción de su portador. Mr. Esta es es una de las últimas novelas de Stephen King, maestro del terror y novelista pilar de la literatura universal contemporánea. El horror desatado en Niza supera lo imaginado por King y, a diferencia de un asesino solitario y sin ideología como en la novela, la realidad es que el monstruo que se llevó la vida de 84 personas fue motivado por radicales islámicos. Es casi un absoluto incontrovertible que es necesario un psicópata para masacres como Niza, pero también es irrebatible que la religión desempeña parte sustancial de la catálisis del horror. En sus novelas, King suele asignar una sutil fuerza sobrenatural a la maldad que impulsa a sus asesinos.

En la realidad, los preceptos sobrenaturales que propone la religión habilitan a los desequilibrados mentales para hechos de maldad que rebasan cualquier dolor y muerte imaginado en la literatura.  

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