17 de diciembre de 2017 00:00

No son solo los políticos

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Francisco Ayala Andrade

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Somos toda la sociedad. Con la sentencia condenatoria al Vicepresidente, la gran mayoría estamos muy contentos porque estamos hartos de la corrupción que se va descubriendo en cascada y el enorme perjuicio económico para un país tan empobrecido como el nuestro. Pero esto no es solo de ahora. Siempre hemos presenciado casos de corrupción en todos los gobiernos y, lo que es peor, esta plaga está regada en todos los países del hemisferio.

¿De dónde nace esta lacra social? Desde que somos pequeños nos acostumbramos a premiar y admirar al que en la escuela copia en los exámenes y pasa de año, al que, haciendo trampa, mete un gol con la mano y consigue que no le vea el árbitro, al que llega atrasado y se esconde entre los demás los compañeros de la fila, al irresponsable pero avispado, al que evade las disposiciones pero es ocurrido, al falsificador y embustero pero que es simpático.

Nos burlamos del obediente, del honrado, de aquel que cumple las normas. Al escrupuloso lo tildamos de tonto de capirote. En las colas para subir al bus o en las ventanillas de atención al público nos colamos en medio de ella a pretexto de encontrar un amigo y conversar con él. En el tráfico vehicular no respetamos las líneas cebra ni a los peatones, tampoco los carriles exclusivos para el trolebús o peor aún los ciclistas, porque estamos crónicamente atrasados y nuestra urgencia está por encima de las leyes de tránsito y ni se diga de nuestro comportamiento en las carreteras.

El “palanqueo” es la máxima expresión de nuestra mentalidad de pueblo subdesarrollado y dominado, ya se trate de conseguir un cargo sin tener la capacidad necesaria, resolver rápidamente un trámite administrativo o evadir el pago de una multa. Decimos casi con ingenuidad y candor que somos un pueblo trabajador y honesto cuando en realidad la “viveza criolla”, el atraso y el incumplimiento es nuestra forma de vida.

No tenemos la sana costumbre de respetar las leyes y todos queremos un trato preferencial o exoneraciones personales para no cumplirlas. Puedo citar miles de ejemplos de irrespeto hacia los demás: v. g. ¿Hay alguien que devuelva una billetera encontrada por la calle y con documentos y dinero dentro?

¡Cuánta razón tenía! el político más honesto de nuestra historia reciente, el Dr. José María Velasco Ibarra cuando proclamó: “¿Queréis revolución?...hacedla primero dentro de vuestras almas”. 

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