16 de agosto de 2017 00:00

Los murales no matan

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Pablo Jarrín V.

Una sociedad se define por los principios que considera sagrados. El principio de la libertad de expresión diferencia a las sociedades exitosas de aquellas sumidas en el caos. ¿Existe alguna idea que deba ser silenciada? ¿Qué pintura es tan terrible que pueda provocar muerte y sufrimiento? En días anteriores, James Damore, un ingeniero de Google, publicó un manifiesto con evidencia de que las estrategias de personal de su empresa no reconocían las diferencias biológicas entre mujeres y hombres. Damore fue despedido y su manifiesto censurado. “¿Qué tenían esas caricaturas?” “¿Eran los caricaturistas racistas?” “¿Ofendían al profeta Mahoma?”, eran preguntas que hacía la gente tras la masacre de Charlie Hebdo y que según Sam Harris (filósofo y autor de carácter internacional) demostraban obscenidad, ya que el único análisis moral pertinente era que una docena de personas habían sido asesinadas por hacer caricaturas. El intentar censurar ideas como la pintura “El Mural Blasfemo” en el Centro Cultural Metropolitano de Quito, no hacen al verdadero problema desaparecer. Los abusos sexuales de la iglesia y el resentimiento de parte de la sociedad permanecen y en vez de ser olvidados, se acentúan. Censurar a aquellos que están en contra de la mayoría no es la forma de promover tolerancia y diversidad. La estrategia es permitir a nuestros oponentes hablar y luego enfrentarlos, procurando la verdad y razón. La libertad de expresión no afecta a la libertad religiosa. 

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