12 de octubre de 2015 00:00

Los angelitos del Vargas y Flores

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José F. Piedrahita Flores

Jorge Salvador Lara, hablando de los continuos ataques contra la memoria del fundador de la República, con autoridad, señala: “No obstante haber transcurrido más de 200 años desde el nacimiento de Juan José Flores y haberse investigado todas las facetas de su vida, todavía se advierten contra él apasionadas voces que intentan denigrarle, como si aún viviera, repitiendo las mismas falaces acusaciones refutadas de inmediato, inventadas por sus enemigos al compás del odioso aforismo de Voltaire: ¡Calumnia, calumnia que algo queda !”.

Se convierte en deber de sus descendientes parar estos golpes y con buen sentido buscar una nueva manera de hacer la Historia, escribiéndola en conformidad con la realidad en sí, y como lo entendía Gabriel Cevallos García, comprendiéndola en concordancia con la buena lógica, “pues ha habido la mala, campeadora casi secular de nuestra información, llena de resentimiento y de estrechas miras”.

Esto es precisamente lo que hay que hacer cuando se insinúa que en el primer Gobierno de Flores existieron operativos para la represión y exterminio de los batallones Flores y Vargas. Aceptar lo cual, sin más, implicaría no sólo desconocer las circunstancias –el contexto histórico- que rodearon los acontecimientos de ese entonces sino hacer la apología de la anarquía y del delito.
La sublevación de los batallones era suceso frecuente y lamentable en todas las jóvenes repúblicas, dice el P. Jorge Villalba; agrega que la inacción, las pagas pobres, eran campo fácil para que los oficiales o los sargentos, ambiciosos o insubordinados, empujaran al soldado a la insurrección, con promesa de saqueo, de impunidad, de regreso a sus países de origen. En el Ecuador, nos lo recuerda, se dieron en esos años la (insurrección) del Vargas y la del Flores.

Refiere que el batallón Vargas, estacionado en Quito, repentinamente, la noche del 10 de octubre de 1831, se amotinó, soliviantado por un sargento granadino reo de delitos que merecía pena de muerte. El pretexto era el reclamo de sus salarios y el deseo de retornar a su país del Norte. Cierto que las tropas estaban mal vestidas y mal remuneradas, tampoco habían recibido las prendas designadas por el Reglamento. Habiéndose convenido en pagarles y dejarlos salir, acudió en persona el Gral. Flores, reunió algo así como 6000 pesos y se les proporcionó raciones para evitar la amenaza de saqueo, con la promesa de emprender la marcha hacia el Norte, pero no se detuvieron en sus tropelías, asesinaron al Gral. Irlandés Diego Whittle y echaron su cadáver al río Guayllabamba.

A la noticia, Flores despachó en su persecución a los Granaderos bajo el general Juan Otamendi, quien no les dio cuartel. Los más culpables fueron fusilados y los restantes fueron refundidos en otros cuerpos. Más terrible y cruel –según Villalba- fue la insurrección del Batallón Flores, amotinado por el sargento Perales, cuando fusilaron a sus oficiales y se entregaron al saqueo de Latacunga y de Ambato, con miras a desplazarse a Guayaquil para continuar con sus fechorías. Ante esta noticia Flores se preparó para defenderla y Otamendi los alcanzó en Bahía. Simplemente se aplicaron los rigurosos reglamentos militares vigentes en estado de guerra para evitar el caos y la anarquía.

Flores, repetidamente, en su larga trayectoria política y militar, una y otra vez fue caracterizado por su gran generosidad ante los vencidos, pero aquello no hay que confundir con lenidad frente al crimen y al desorden. Estos soldados sediciosos no eran precisamente unos angelitos.

Ortega y Gasset exhorta a los estudiosos: “…es preciso que la historia abandone el psicologismo o subjetivismo en que sus más finas producciones actuales andan perdidas y reconozca que su misión es reconstruir las condiciones objetivas en que los individuos, los sujetos humanos han estado sumergidos…”

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