28 de noviembre de 2016 00:00

El festín del petróleo en 3D

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Eduardo Ávila Falconí

Los comensales para festinar el petróleo son asistentes asiduos. Son los mismos miembros de esa casta y círculo social, más agnados y cognados pegados con oportunismo, que han lucrado 60 años por el hecho de ostentar alguna parcela de poder. Hoy observamos a los beneficiarios y herederos de fortunas mal habidas y convalidadas por una sociedad llorona, apática, indolente y con un silencio cómplice.

Los ecuatorianos, llámese mejor “ingenuos”, aun no despertamos de esta cruel realidad y no consideramos la obligación moral de seguir dando batalla a esta verdad histórica de ser las víctimas de la corrupción rampante, del abuso y la inequidad. No intentaría justificar con “mal de muchos y consuelo de bobos” sobre los últimos atracos en Petroecuador. Repito: no es ninguna novedad, se repiten las fechorías, denuncias, juicios inconclusos y “la farra sigue” porque los juzgadores y controladores no tienen “rabos de paja bien seca” que combata la corrupción.

De los años turbios del velasquismo y los subsiguientes gobiernos, hoy miramos impávidos a protagonistas políticos y herederos, ricachones que hoy exhiben sus fortunas como consecuencia de los grandes festines del oro negro. Con sabiduría, el papa Francisco dice: “una sociedad corrupta, apesta”, expresión que nos debe llevar a la reflexión, basta de tanto bandido y atracador, ya no podernos mirar indiferentes a los “vende patrias” y ladrones elegantes.

Del festín quedan chivos expiatorios, los capos y jeques están fuera. Con el dinero sucio contratan bufetes de abogados elegantes, se declaran perseguidos políticos y seguirán lucrando, gozan de buena salud, hombres prósperos, lideran instituciones de beneficencia, socios de “paraísos fiscales”, empresarios disfrazados de ovejas e iconos de la honradez y de la pulcritud. Conclusión: de alguna manera somos cómplices o encubridores, no aprendemos a exigir nuestros derechos y a reclamar con severidad y dignidad. Estamos hartos de ver las cárceles llenas de ‘agachaditos’, no hay de ‘cuello blanco’. Ellos están “donde no deben estar”. 

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