7 de diciembre de 2015 00:00

Estancamiento

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José M. Jalil Haas

En todo lo concerniente a lo que la naturaleza produce, la regla es el movimiento constante, la evolución, la mejora y la adaptación a las circunstancias presentes en cada momento.
Lo que no se mueve, se estanca, se corrompe, se pudre, se vuelve inservible, dañino y se debe desechar. Se debe tender a reemplazar por lago que ya haya recibido el perfeccionamiento de la evolución. Esta regla se aplica a todo, incluyendo los pensamientos, ideas, sean estos de cualquier tipo, incluyendo las políticas y del conocimiento.

Sin embargo, existen mentes que, habiendo sido acostumbradas a memorizar todo, como herramienta equivocada de aprendizaje, se acostumbran a guardar conceptos leídos, en sus textos originales. Y consideran que no hay posibilidad de modificar o adaptar los mismos. Esas mentes son las que están poseídas por la inmovilidad, por el estancamiento.

Si hacemos analogía del pensamiento, incluyendo las ideas políticas, con una corriente de agua, esta se mueve, se desplaza, se oxigena y se mantiene clara y limpia, pero si por alguna razón se estanca, sin tener posibilidad de renovación permanente, se pudre.

El pensamiento humano es la herramienta indiscutible del progreso y la prosperidad, y cuando sometemos el mismo a la rigidez de una doctrina atrasada y lo obligamos a no contribuir a la misma con las luces del entendimiento, ocurre que la idea se estanca y sufre la ley de todo aquello que se estanca: se pudre. Esto es lo que ocurre con los dogmas, con las ideologías aprendidas y repetidas de memoria. Los dogmáticos repiten lo que han leído y defienden a ultranza ese contenido, que consideran inamovible, sin contribuir a la evolución de esas ideas.

Existe una gran distancia entre la adopción de una idea y la adaptación de la misma, las mentes ágiles y desarrolladas adaptan, las atrofiadas por la putrefacción de la inmovilidad, adoptan. Los que adoptan no analizan las ideas, acogen, repiten y se someten a quienes enarbolan las mismas, se cansan de repetir los nombres de los gestores de las mismas como los grandes referentes, pero no hacen lo que la inteligencia obliga: acoger el concepto y adaptarlo a la realidad actual.

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