21 de julio del 2015 00:00

Un país de malos conductores

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Pablo Santiago Jarrín Valladares

Descorteses y agresivos. Pero, tras esa actitud de poder y velocidad, se esconde el miedo y nerviosismo, contagiados de forma masiva, cual virus, de conductor en conductor, en una especie de histeria de masas. La frecuencia de accidentes de tránsito es otro síntoma de la enfermedad social que nos afecta, que se evidencia en el irrespeto, violencia y egoísmo.

La brutalidad con que se conduce en las vías del país, esa ignorancia al entender que conducir es responsabilidad y no derecho, es muestra de nuestro tercermundismo y la poca calidad humana con la que formamos nuestra sociedad.

¿Cuántos muertos y heridos, cuántos dólares más, estamos dispuestos a sacrificar antes de cambiar nuestra forma de conducir? Nos falta cultura ciudadana, inteligencia, honorabilidad y respeto. Pero si nos demostramos incapaces de cultivar tales virtudes, si no somos dignos de mejor trato, entonces quizás sean necesarios más control y castigo. 

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