4 de diciembre de 2016 00:00

Cumbayá

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Raúl Gonzalo Rueda Ullauri

Más de tres décadas han transcurrido desde que algunas familias de la hermosa ciudad de Quito decidimos, por motivos varios, trasladar nuestras vidas al igual de hermoso valle de Tumbaco y Cumbayá.

Y fue en esta última Parroquia que se empezó a disfrutar de aire fresco, de un clima más benigno y de la naturaleza pura, adornada en ese entonces de potreros, pastizales, donde semovientes y variedad de aves, eran parte de la vecindad. Con nostalgia se recuerdan esos años en que la vida de campo justificaba el traslado, pese a pequeñas dificultades como derrumbes en la vía y falta de servicios que obligaban a ser atendidos en la ciudad.

Estos nunca fueron motivo de aflicción o penitencia por la decisión tomada. Al contrario, en las dos o tres urbanizaciones debidamente planificadas, hicimos nuevos y grandes amigos que evidenciaban más aún el porqué de ella.

Urbanizaciones con claras y precisas ordenanzas que tan solo permitían construcción de casas unifamiliares, de ciertas alturas, de retiros suficientes para un convivir mejor y que estaba de acuerdo con el entorno y medio ambiente.

Transcurren los años, Cumbayá se convierte en algo gigante y en vez de aquellos prados y potreros, tenemos que convivir ahora con la modernidad de grandes edificios, de amplias vías de acceso, centros comerciales, etc. No nos queda más que aceptar la realidad de adaptarnos y conformarnos. Qué pena que viejas ordenanzas han sido modificadas. Al menos por muchos años habíamos gozado de placidez, sosiego y de enorme tranquilidad.

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