2 de julio de 2017 00:00

Cómo morir en el Ecuador y lograr ser sepultado

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Jean Raad A.

Médico intensivista, enfrento cotidianamente la muerte, el duelo familiar y la parafernalia de la inhumación y exequias. País carente de información veraz, oportuna y verídica de las causas de muerte de los ciudadanos, adolece de un sistema analítico y expedito para su registro.

La información INEC sobre causas de morbimortalidad es inexcusable, sin embargo, resulta equívoca; la obtención de los datos generados por los profesionales de la salud desnudan inconsistencias y el procesamiento del instituto hierra en forma sistemática su análisis y verificación.

La salud del Ecuador bordea la improvisación en este tema. Últimamente enfrenté tres casos de pacientes a quienes opté por manejarlos en su propio hogar, hogares bien organizados y proclives a evitar todo trance de abandono. Ellos murieron por enfermedades terminales y senectud (todos mayores de 90 años); murieron rodeados de su familia, de sus seres íntimos, no en los corredores de los atestados hospitales públicos o quizá en los recovecos de las unidades de terapia intensiva, sometidos al abandono del encarnizamiento terapéutico y apegados a una muerte digna.

Muertos ya, sus cadáveres debían recibir sepultura superando las cargas burocráticas de la obtención de la partida de defunción, hoy un documento gratuito pero inaccesible para el médico de cabecera que vio morir a su paciente en el hogar. Un vericueto administrativo impide el acceso a esta exigencia, presionando a la familia con la amenaza de la necesidad de una autopsia, para establecer una evidencia exclusivamente médica.

El registro actual es reiterativo, confuso. La información del fallecido debería tan solo recoger los datos de la cédula y, lo más importante, la descripción de las causas de muerte, de competencia exclusiva del médico, en caso de haber recibido su atención profesional. Lo que exige un sistema más expedito.

Sin calidad ni calidez en el final de la vida, la intromisión de la burocracia es irreverente, que ya en la vida misma, acorta la existencia.  

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