30 de agosto de 2016 00:00

Cervantes, en el Carmen Alto

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Fernando Esparza Dávalos

La gloria literaria del hombre en las letras tiene un nombre Miguel de Cervantes y Saavedra y ahora a los 400 años de su muerte se revive su época, su historia familiar, sus viajes, su talante militar, sus personajes, su filosofía empapada de un cristianismo mordaz, propio de un hombre que experimentó prisión y destierro con harto palo.

Claro que fue viajero con el cardenal Acuaviva en Italia donde se empapó de la dulzura del latín hecho lengua, pero más tarde cual si fuera un rocín encerrado, tuvo que ventear en las cuatro paredes de la celda, “las cuatro paredes albicantes”, los sueños más inimaginables que tiene el hombre para proclamar el verdadero valor de la libertad, ese fue su Evangelio. No sé si ustedes saben, pero vale la pena afirmarlo, Cervantes fue Terciario y por lo tanto gran conocedor de todas las leyendas que hasta su tiempo alrededor de su patrono Francisco de Asís se habían dado, es más, los auténticos cervantinos han descubierto que el Quijote está impregnado de una posición evangélica totalizante. Cervantes igual que Cristo no fueron nada, el uno, un joven carpintero, predicador, restaurador de vidas que llegó a hacer milagros, el otro un soldado, corajudo como todo bien nacido en España.

Pero a fin de cuentas, los viajes son los viajes, las aventuras son las aventuras y lo queda para afirmar la vida es el arte y en esto nuevamente Cristo es el más grande artista de la historia, lo definió el florentino Giovanni Papini. ¿Qué es el arte? El arte no es sino la concreción de la utopía, ese hacer las cosas para que no queden en vano. Arte, por eso es también la política y arte el violín en duermevela, el sacrificio de un capuchino en la selva o la madre llevando a cuestas sus cinco hijos. El Quijote se creó en la cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento, pero donde también toda la imaginería, si el hombre es bueno, tiene su vuelo y por supuesto hay locura, todas las grandes obras no son sino burlas a la cordura y ahí entra el humor que desencaja los entuertos. Cervantes no es para los sesudos ni serios, Cervantes es para los de corazón compasivo y dulce que aman la recua.

Pero si hay misterios y me lo dijo un compatriota suyo Don Antonio Marraco, ¿Cómo un hombre como Cervantes, con toda la vida en carga como la llevó, en una época ausente de las velocidades, logró acumular una filosofía tan profunda?, que revienta como fuegos artificiales por todos los tiempos, pueblos y lenguas, (esta reflexión última la hizo el embajador de España Victor Fagilde en su discurso) Y Cervantes por eso, siempre será el hombre bueno de la triste figura, sobre el cual se ha alzado en el mundo todo el arte para honrar sus sueños. Ha sido la casa de las Carmelitas Descalzas la que la han acogido. Un aplauso por el auspicio a la fundación Museos de Quito.

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