20 de mayo de 2016 00:00

José Miguel Goldáraz

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Fernando Esparza Dávalos

La evidencia de una fidelidad, la grandeza de un compromiso, la alegría del buen vivir tienen un nombre: José Miguel Goldáraz. Un nombre por demás conocido para quienes sabemos de la vida y obra del mártir defensor de las minorías étnicas de la selva, el sacerdote capuchino Alejandro Labaka. Hace pocos días tuve el inmenso gusto de conocerlo en Quito y hasta de entrevistarlo. Esta conversación tuvo visos teológicos, antropológicos y lo demás serían las rebuscas de un poeta, en el alma profunda y santa de un sacerdote español verdaderamente comprometido y sobre quien, con verdadera magistralidad, ha pintado la periodista Milagros Aguirre en su obra la “Utopía de los Pumas” donde se traza desde la A hasta la Z, la configuración de la auténtica devoción de un ser, de un espíritu, que de a poco, va descubriendo el milagro de un servicio, la altura y sencillez de una obra a la par de los grandes franciscanos de la historia. Y no solo de ellos, sino de otros misioneros como el jesuita Francisco Xavier, quienes milagrearon la vida de prodigios y se enfrentaron al mal con la altura de su maestro, Nuestro Señor Jesucristo. Acercarse a estos hombres es confirmar la verdadera grandeza de la fe. Porque si de algo puede glorificarse el cristianismo es de la valentía de comprometerse con sus hermanos, incluso hasta con el desafío de su propia vida. Y es que José Miguel Goldáraz no es solo un misionero en el sentido de la palabra, sino un hombre que ha actuado, luchado, vibrado en él y en los otros, pero por sobre todas las cosas, ha vencido. Agradezco a la vida por su conocimiento.

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