Tiempo de lectura: 2' 55'' No. de palabras: 481

Los recientes acontecimientos en Venezuela y la dramática despedida de Chávez permiten comprender mejor los rasgos esenciales del populismo autoritario instalado en ciertos países de América y sus implicaciones para las sociedades sometidas a su férula.

Los socialismos del siglo XXI no creen en la alternabilidad ni están dispuestos a entregar el poder pacíficamente. Esto explica que Chávez haya mentido a su pueblo durante la reciente campaña y ocultado su incapacidad física para ejercer la Presidencia de Venezuela por seis años más. Bajo una democracia medianamente seria, una conducta semejante resultaría inaceptable y acarrearía graves juicios y desaprobaciones. En Venezuela, en cambio, esta maniobra aparece justificada bajo los imperativos de la “conquista revolucionaria” y el conjuro de las “fuerzas imperialistas”.

Con la sorpresiva designación de Maduro como sucesor, Chávez ha puesto en evidencia que la “revolución” no es un proceso participativo ni colectivo sino un caudillismo descarnado que le permite designar a dedo su heredero. Un procedimiento mas tribal que monárquico ya que este último exige, al menos, la aplicación de ciertas reglas conocidas de antemano. Lo que ignora la camarilla chavista, sin embargo, es que todos los proyectos mesiánicos y populistas están indefectiblemente ligados a la suerte de su caudillo y que jamás habrá un Chavismo sin Chávez. La historia latinoamericana está plagada de procesos políticos similares y arroja datos claros sobre su dinámica e ineluctable final.

Los socialismos del siglo XXI privilegian la incondicionalidad frente al “líder” por sobre cualquier mérito. Maduro es un político sin preparación que conoce muy poco sobre la administración pública y las complejidades de la gestión estatal. Su trayectoria se limita al sindicalismo radical y al ejercicio de oficios manuales; es el prototipo del auténtico proletario que la saga socialista ensalza y glorifica pero que ignora peligrosamente los asuntos de Estado. Su mayor virtud es no hacer ninguna sombra al Coronel. La profesora Maruja Tarre, una de las más prestigiosas expertas venezolanas en diplomacia, señala: “El Canciller es mediocre y carece de ideas propias, tanto que ante cualquier capricho de Chávez se limita a responder con un «sí, mi comandante»... Es tragicómico”.

Todo indica que la era Chavista está por concluir. Sin embargo, el retorno a la democracia se ve muy lejano aún. La camarilla bolivariana controla el aparato militar y varias milicias civiles, toda una maquinaria que Chávez se encargó de construir por años y que constituye el pilar central de su poder. Es poco probable que los jerarcas militares, atrapados en una espesa red de privilegios y escándalos, acepten una transición pacífica hacia la democracia. Por ello, los riesgos de un conflicto armado y violento se tornan muy altos.

Califique
2
( votos)