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Sobre el Blog
Este blog es para hurgar en la historia y ver cuánto ha cambiado la política en el Ecuador.
Autor
Carlos Rojas A.
Twitter: @carlosrojasecu Periodista quiteño. Actual editor de la sección política de Diario EL COMERCIO y ex corresponsal en Bogotá (Colombia). Estudia Ciencia Política en la Flacso. Este blog busca refrescar la memoria al Ecuador para ver si en realidad las prácticas políticas han cambiado...A propósito del caso Restrepo
Nunca más volvió a usar ropa de colores vivos. Su cabello, siempre recogido, comenzó a encanecer desde 1985. Gloria Infante, a quien con cariño en mi familla llamamos ‘Inesita’, me decía, cuando yo era un niño, que ponerse ropa de color y tinturarse el pelo sería romper el duelo al que estaba condenada a llevar por la desaparición de su hijo, Jaime Otavalo.
Han pasado 26 años desde que ella vio a su hijo de 21 por última vez. La Comisión de la Verdad revivió su caso en las páginas del voluminoso informe publicado el año pasado. Pero como también pasa con la familia Restrepo, más allá de las pistas, las evidencias, los testimonios recogidos y las cientos de noticias que los periódicos publicaron sobre estos casos, la desaparición de Jaime Otavalo es un misterio.
No sabe si su cuerpo, como en efecto lo sugiere la Comisión de la Verdad recordando la versión que en 1997 dio el agente Hugo España, cayó en la fosa que el mismo muchacho cavó, en alguna parte del cuartel de la Policía de Pusuquí, antes de ser ejecutado. Fue una tortura física y sicológica, propia de los campos estalinistas.
Jaime Otavalo desapareció durante la dura represión del gobierno de León Febres Cordero, la madrugada del 15 de agosto de 1985. Desde ese día, Inesita se convirtió en una víctima más de las violaciones a los derechos humanos.
Mis padres la contrataron cuando yo tenía seis meses de vida. Desde que ella nos acompañó, la casa marchaba en orden. Cocinaba delicioso: el seco de chivo que preparaba o los pastelitos de maqueño en el almuerzo eran mis platillos favoritos.
Llevaba a mis padres a El Camal a hacer las compras. Como ellos eran jóvenes inexpertos, la Inesita les enseñó a administrar el presupuesto del mercado, regatear los precios y a que una dieta equilibrada siempre tenga legumbres y jamás se beba gaseosa.
Ella los acompaño en la mudanza al departamento nuevo que se compraron en San Carlos; eran los días de la dictadura militar. Aún no había luz, pero la Inesita arreglaba mis pañales de tela con plancha de hierro calentada en el carbón.
Poseedora de un sentido del humor fino e inteligente. La política la apasionaba. Llegaba tarde a la casa cuando había protestas públicas, pues no dejaba de darse una vuelta por los campos de batalla, entre estudiantes y policías, en los alrededores universitarios.
Me acuerdo que la Inesita me hacía repetir la frase que se puso de moda a inicios de los 80: ‘No hay azúcar, no hay arroz, es la culpa de Roldós’, mientras del radio de la cocina escuchaba los noticieros en AM. Discutía con mi padre sobre la carestía de la vida. Seguro que le pedía aumento de sueldo, al tiempo que, con la paciencia propia de una devota, hacía que mi hermanito de tres años se terminara el plato de sopa. Mis padres retornaban seguros a su trabajo porque ella estaba allí para cuidarnos.
Por eso mi garganta se hace un nudo cuando mi padre, con cierta irreverencia, recuerda que ella “no estuvo todo el tiempo con sus hijos por cuidar de los míos”.
Era una mujer sola que luchaba por sustentar a una familia de seis hijos que se volvían adolescentes. Uno de ellos era Jaime Otavalo.
Los reportes de la Comisión de la Verdad, según el expediente 432012, dicen que el muchacho, quien dejó huérfana a una niña de tres años, estuvo involucrado en el supuesto robo de una camioneta. Su amigo, Pedro Insuasti, fue asesinado en el enfrentamiento policial. Del hijo de la Inesita nada se supo.
Ella dejó mi casa, no tenía cabeza para otra cosa. Se le apagó el sentido del humor y, en lugar de ir las protestas callejeras, iba al SIC, a los cuarteles de la policía y a las oficinas del Congreso.
De repente se volvieron familiares los nombres de Elsie Monge, el socialista Diego Delgado, Alexis Ponce, el abogado Jaime Hurtado. Con ellos hizo lo que pudo. Pasó un año luchando con una versión oficial que la torturaba anímicamente. La Inesita y quienes le acompañaron en la lucha partieron de la hipótesis inicial que surgió durante el velorio de Insuasti. El hijo fue herido durante el tiroteo e ingresado en un policlínico.
Pero el reporte policial no daba pistas de Otavalo. Entonces se especuló, desde el Ministerio de Gobierno, dirigido por Luis Robles Plaza, que el muchacho estaba prófugo.
Pero pasaron los meses y Jaime nunca se reportó. Las esperanzas de la Inesita se diluían y los esfuerzos por encontrar la verdad sobre lo que pasó con su hijo se postergaban ante la indiferencia estatal y la urgente necesidad de trabajar para sobrevivir y olvidar, un poco, tantos días de desesperación.
La Inesita volvió a mi casa. Vestía de negro y su humor ya no tenía fuentes de inspiración. La radio era para cazar alguna noticia que le diera fuerzas y para solidarizarse con los desvalidos que, como ella, protestaban por el sistema.
Salió a luz, entonces, el caso Restrepo. La Inesita se unió a su causa y a la de otras víctimas de la represión febrescorderista para protestar con esos padres desesperados por seis años, todos los miércoles frente a la Plaza Grande.
Su olfato político se volvió más fino. Fue ella la que me contaba, hace 15 años, como también lo hace hoy María Fernanda Restrepo en su potente documental, que Sixto Durán Ballén pedía que ya no siguieran las protestas fuera de Carondelet porque no lo dejaban trabajar en paz.
Creo que la unión de las familias víctimas de la represión fue una terapia, a pesar de que su drama marchaba sobre el mismo terreno. Su sentido del humor volvió a cobrar la frescura. Seguía cocinando igual de rico y, cada vez que había protestas, trataba de escaparse eludiendo uno que otro reclamo de mi mamá.
Regresaba contenta los miércoles después del almuerzo: “Yo si les grito: chapas asesinos”, decía en medio de su risa cómplice y desafiante. Volvía a prender la radio, para escuchar las noticias. Estaba al día con los cambios de ministros, las polémicas en el Congreso y los escándalos de corrupción. En época de elecciones votaba siempre por el MPD, porque “soy una activista de los Derechos Humanos”. En la mesa, todos le hacíamos oposición política diciéndole que su partido era de huelguistas. Pero ella, como siempre estaba más actualizada en la noticia, tenía el último argumento y, claro, el poder de controlar el suministro de su espléndida comida.
Los años han ido pasando. La Inesita, aunque dejó de acompañarnos en 1995, siempre está cerca de nosotros. No completó los aportes suficientes en el IESS, por eso no pudo jubilarse. Ahora, que ella es una mujer de la tercera edad, se ha intentado retomar los trámites de su pensión.
Su pelo está más encanecido y su mirada luce cansada. Siempre sonreída, su menuda figura sigue igual de ágil. Ha dejado el negro, pero viste colores sobrios y casi ya no sale de la vivienda que arrienda por El Camal, porque ahora cuida a una de sus nietas que, por la dureza del entorno familiar, tiene una severa discapacidad.
Ha enterrado dos hijos más; creo que tanto sufrimiento la ha convertido en una mujer dura. Confieso que no la he visto últimamente; debo hacerlo para ponernos al día por este nuevo rebrote del caso Restrepo que, por la potencia del documental de María Fernanda, y el interés político del Gobierno por embanderarse con el tema, ha hecho que la opinión pública vuelva a hurgar en la historia.
Quizás mi familia fue tan indiferente como el Estado, no lo sé. Pero ahora que soy una persona adulta, pienso que pudimos hacer mucho más por ella. Yo no sé cómo armar un documental que arranque en la gente lágrimas de rabia e indignación sobre este caso. Pero estas líneas le dedico a usted Inesita, como un sentido homenaje.
Ojalá que ello le motive a Correa colocar vallas en las calles y anuncios en los buses, ofreciendo USD 200 000 dólares de recompensa por quién dé información del caso de Jaime Otavalo. Que esas vallas lleven el nombre de su hijo y que esas se grafiquen con la silueta de esta mujer valiente a la que quiero mucho.
Ojalá y la Asamblea, dominada por Alianza País, en lugar de cantar loas a los derechos humanos, apure la aprobación de la ley de reparación recomendada por la Comisión de la Verdad. Sí Inesita, usted se merece una casa propia, una pensión vitalicia, y que la misión Manuela Espejo se encargue de cuidar a su nieta.
Es lo menos que debe recibir del Estado esta mujer que tuvo el mismo sufrimiento que los Restrepo. A ella no la indemnizaron con un millón de dólares y, de lo que tengo entendido, los Restrepo tampoco compartieron con ella algo de lo que recibieron.
Ojalá mi familia mantuviera vivo el recuerdo de esta mujer ejemplar y que la prensa, cuando vuelva a entrevistar a Camilo Badillo, le pregunte qué pasó con Jaime Otavalo.
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