Crónicas y reflexiones de Fausto Segovia Baus, educador asertivo, investigador, adicto a la lectura y viajero tenaz. Segovia es responsable de la edición impresa de la revista mensual EducAcción, y antes fue editor-fundador de la revista FAMILIA del Grupo EL COMERCIO. La educación y la comunicación están articuladas para transformar la sociedad, complementadas por una ética civil. Apuesta por un periodismo educativo, ciudadano, científico y crítico. @FaustoSegoviaBa

Hablemos de la piratería y sus derivaciones

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En estos tiempos de vacaciones en la Sierra y la Amazonia me pareció oportuno reflexionar sobre un tema menos inextricable. Y lo encontré con facilidad. Se trata de la piratería que, hoy por hoy, nos tiene despreocupados ante la avalancha del consumismo y el gusto de adquirir un bien sin salvaguardias. Algunos ejemplos cercanos…para reír o llorar.

En el Ecuador están de moda las “gamas”. Si es alta corresponde a consumidores (pelucones) de gran estirpe; si es media a los ex pobres salidos del ejercicio profesional; y si es baja, hecha en China y sus alrededores… Pero cualquiera que sea la gama de los bienes o servicios adquiridos corremos un serio riesgo: que sean pirateados. Vemos por qué.

· Se acabó la originalidad

En pleno siglo XXI, ya no son los piratas y corsarios los que asuelan las costas del Pacífico. El vulgo llama ‘piratas’ a los que reproducen sin autorización de sus autores y marcas: desde libros y zapatos hasta herramientas, vestidos, relojes y todo lo que se nos ocurra. ¡Porque nada ni nadie se salva de ser clonado!

A propósito, escuché hace pocos días que ‘la venganza del Tercer Mundo es haber industrializado la copia’, gracias a una legislación que perdona o se hace de la vista gorda. El tema es interesante cuando observamos con lupa algunos objetos que están a nuestro alrededor, y que en última instancia no sabemos si son originales o burdos plagios.

· La copia y los copiones

¿Quién inventó la copia? Las copiadoras fueron un invento portentoso. Gracias a ellas podemos tener ejemplares exactamente iguales –o mejores que el libro original- por intervención de las tecnologías, los escáneres y sofisticados mecanismos para perfeccionar la realidad. Pero de ahí a utilizar este recurso para delinquir y causar daño a terceros hay una gran distancia. Además, la ley de Propiedad Intelectual lo prohíbe.

Un capítulo especial merecen los copiones o plagiadores, que utilizan la Internet, quienes con un clic resuelven los problemas académicos más complejos, en un abrir cerrar los ojos. Basta ir al “rincón del vago”. ¿Verdad?

· Mi lindo Ecuador

Y retomo el tema principal. Mi perplejidad llegó a tal punto, que me ubiqué en un instante en el plano del surrealismo, y pensé en forma sagaz si yo mismo era original o una simple copia, de algún pirata de los muchos que andan por las plazas y calles de nuestro lindo Ecuador. Pero no: sentí mis brazos, mis piernas, mi cuerpo, y constaté que era yo mismo, y no un producto industrializado –y a precio de huevo- de los muchos que abundan en los escaparates, con la leyenda: ‘Hecho en China’.

Ya recuperado de esta ilusión que no tuvo nada de óptica, fui a una librería y miré con no poca sorpresa que ciertos libros famosos, clásicos de la literatura universal, curiosamente los más vendidos, eran piratas. Por propio decoro no revelo los nombres de las obras y sus autores, porque se caerían de bruces al constatar que en el siglo XXI, con las nuevas tecnologías de información y comunicación, casi nada ha quedado en su lugar, porque se ha instalado un sistema –la reprografía- que, en el caso de las publicaciones, mueve millones de dinero, todo por el fomento de la cultura… ¿De la cultura? ¿Será verdad tanta belleza?, como dicen en Cuenca.

· Paraíso de falsetas

Más el fin de semana pasado fue, sinceramente, patético. Cual detective de las obras de ficción descubrí que numerosos productos, de fácil acceso en el mercado, porque a simple vista parecían originales, son falsetas.

A los libros ya mencionados –desde Mafalda a Aristóteles, hasta Isabel Allende y García Márquez- se unían otros bienes, asimismo utilitarios: zapatos, pulseras, cédulas, camisetas deportivas, títulos, gafas, vestidos, corbatas, comidas, radios de carros, computadoras, fármacos, llantas, piezas de vehículos… y las infaltables películas en cartelera, programas de computación, enciclopedias, horóscopos y cosméticos. Y la lista parecía interminable.

Conclusión: ¡Nada ni nadie se libra en el Ecuador de la piratería! Frente al fenómeno pregunté a un abogado y la respuesta fue trémula: ‘Esa es la realidad del Ecuador de hoy. La excepción es la regla’. Entonces, para mis adentros reflexioné si la piratería habría llegado también a nuestros pensamientos y sentimientos. ¡Quién sabe!

· ¿A dónde vamos?

Dicen que la globalización tiene ventajas. Por lo tanto, que la piratería ya no es obra de Sir Francis Drake –creador del famoso y rico ‘draquesito’ que se sirve en Cuenca y sus alrededores-, sino de unos tantos –son miles de vivarachos- que se asocian para delinquir y nos ‘embaucan’ bienes y servicios falsos por verdaderos, a costa de la supuesta liquidez de la economía que, según los entendidos, inunda los mercados.

Las preguntas siguen entonces sin respuesta. ¿Estamos en la legalidad o no? ¿Está bien consumir objetos falsetas, aún a costa de la salud y de nuestro bolsillo, para que un ‘puñado’ respetable de gente, viva de una informalidad cuestionable y fuera de la ley? ¿Es, acaso, otra forma sutil de corrupción?

· ¿Se ha caído el sistema?

Alguien me ha dicho -con razón o sin ella- que ‘si se persigue la piratería de todo tipo en el Ecuador, se cae el sistema’. Es decir, que el sector social podría ‘reventar’ si se aplican la letra y el espíritu de las leyes.

El problema de la piratería es complejo, y llega por extensión –o mala intención- a los políticos. Dicho en otros términos: no solo existen en el mercado licores adulterados, relojes, vestidos y libros –de alta, media o baja gama-, sino líderes que han adulterado la democracia, porque han pirateado la fe pública y siguen campantes. ¿Qué hacer para enfrentar a la piratería y a los piratas? ¿O esperamos que una ley ‘garantice’ la piratería? ¿Y que la impunidad ostente la categoría de norma constitucional?