Crónicas y reflexiones de Fausto Segovia Baus, educador asertivo, investigador, adicto a la lectura y viajero tenaz. Segovia es responsable de la edición impresa de la revista mensual EducAcción, y antes fue editor-fundador de la revista FAMILIA del Grupo EL COMERCIO. La educación y la comunicación están articuladas para transformar la sociedad, complementadas por una ética civil. Apuesta por un periodismo educativo, ciudadano, científico y crítico. @FaustoSegoviaBa

¿Quién defiende a las víctimas?

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Algo huele mal en nuestro querido país. Existe Constitución, leyes, reglamentos y normas por doquier, pero las instituciones que deben -supuestamente- respetar y hacer respetar el Estado de derecho, no funcionan o funcionan a medias. Hechos clamorosos alarman a la opinión pública, como los derivados de la corrupción y la impunidad, la legión de desaparecidos, la violencia en las carreteras y plazas, los altos índices de feminicidios, el abuso escolar y ahora el abuso sexual perpetrados por docentes… indecentes. ¿Quién defiende a las víctimas?

¡Alto a las comisiones!

Circula en los ámbitos sociales, periodísticos y académicos esta frase: que “la mejor forma de impedir la solución de los conflictos es organizar comisiones”. Puede ser que resulte exagerada, pero la historia de las comisiones las sabemos de memoria: dignatarios convocados, declaraciones rimbombantes -como “caiga quien caiga”-, trabajos arduos y bien pagados, y… voluminosas carpetas llenas informes, algunos reservados y otros públicos. En suma, la “comisionitis” es un invento de una democracia débil, donde los resultados no corresponden a las expectativas ciudadanas. ¡Y la impunidad sigue campante!

¿Qué dicen las instituciones?

Pero el tema de fondo es más grave: el pueblo elige gobernantes, que han manejado grandes proyectos y recursos con el dinero de los ciudadanos, y al momento de rendir cuentas no pasan de discursos en recintos legislativos, salones de hoteles o bonitas páginas web, mientras el cuerpo social se ahoga en una gigantesca y demencial basura de documentos de demandantes y demandados, y la plata no aparece.

A lo anterior se añaden el desorden existente en la sociedad alimentada por la inseguridad creciente; la lista de desaparecidos, los casos de feminicidios, los accidentes de tránsito por exceso de velocidad e imprudencia, la violencia intrafamiliar, el acoso escolar y los abusos de profesores en aulas, que configuran climas de violencia estructural y coyuntural, que reclaman nuevas y creativas opciones de parte de los gobernantes y de los ciudadanos, sin excepción.

¿Dónde están las instituciones democráticas encargadas de patrocinar con liderazgo ético la vida de los ecuatorianos? ¿Quién controla de manera fehaciente el ingreso y la salida de los fondos públicos? ¿Dónde están las entidades defensoras del bien común, la ética social y los derechos humanos más elementales? ¿Qué dice la Iglesia Católica ante situaciones de alarma social como la corrupción y la impunidad?

No al victimismo

No se trata de encontrar en el victimismo una forma de salir al paso, o buscar la salida más fácil ante este virtual estado de indefensión en el que se halla la sociedad.

Es necesario crear puentes para el diálogo -están bien-, pero recuérdese que el diálogo es un recurso, una herramienta y no un fin en sí mismo. El diálogo es un medio idóneo para buscar la verdad; no un espacio para la confrontación o peor un escenario para la lucha entre los participantes. El objetivo del diálogo es la búsqueda de acuerdos básicos, sobre aspectos fundamentales: la corrupción, el modelo económico, la libertad de expresión, la reforma integral del sistema educativo, las oportunidades de empleo, la protección del ambiente, y una meta central: el combate frontal a la pobreza y sus causas.

Un nuevo contrato social

Las salidas a una crisis profunda como la que afronta el Ecuador no son fáciles. Haría bien un baño de verdad: que se construya de manera participativa un contrato social sobre la base de cuatro premisas: ética en la economía, para resolver el problema de la pobreza; ética en la política, para afrontar el liderazgo centrado en partidos políticos con ideas -orientadas al bien común- y no intereses; ética en la cultura y la educación -por qué no-; y, ética en el ambiente: el respeto profundo a la naturaleza, de donde provenimos.

Es urgente un proyecto de Ecuador de mediano y largo plazo, y no solo una “marca” que nos identifique. Es urgente fomentar liderazgos éticos y estéticos, que muevan las conciencias y corazones. Que haya más participación de la ciudadanía, en espacios plurales, y más mujeres en igualdad de oportunidades que los varones.

Entretanto, la pregunta inicial de este ensayo sigue latente: ¿Quién defiende a las víctimas? Y otra interrogante: ¿Es que el modelo de democracia se ha agotado, y es necesario “refrescar” con un nuevo sistema más participativo, cívico y ético?