Crónicas y reflexiones de Fausto Segovia Baus, educador asertivo, investigador, adicto a la lectura y viajero tenaz. Segovia es responsable de la edición impresa de la revista mensual EducAcción, y antes fue editor-fundador de la revista FAMILIA del Grupo EL COMERCIO. La educación y la comunicación están articuladas para transformar la sociedad, complementadas por una ética civil. Apuesta por un periodismo educativo, ciudadano, científico y crítico. @FaustoSegoviaBa

Debate: ¿vamos hacia una sociedad que se diluye?

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Se habla de Estados “fallidos”. ¿Es pertinente considerar que nos acercamos a una sociedad fracasada ante el derrumbe de instituciones básicas como la familia y la educación, que afrontan problemas complejos que no se solucionan, necesariamente, con leyes, instructivos y protocolos? ¿Qué está pasando con la Iglesia y los propios ciudadanos que no dicen nada frente a las graves situaciones de violencia doméstica, abusos en las escuelas y casos de corrupción?

Una de las características de la sociedad de hoy es el derrumbe de las instituciones. El denominado “institucionalismo”, es decir, aquel paradigma que se inspira en las entidades creadas por las leyes no sirven u ofrecen servicios, en nombre de un Estado que es de todos y de nadie.

• Hipótesis

Una hipótesis es que los demonios del poder –corrupción, segregaciones de toda laya y la ausencia de una ética pública- están ahora en la agenda nacional, cuando debe ser a la inversa: que el bien común prime sobre los intereses particulares, y cada institución –si existe más allá de los papeles- cumpla con su misión. ¿Es una cuestión del poder y el descrédito de ciertos líderes que han opacado las instituciones creadas para servir a la gente? ¿O hay otras causas –más profundas- que llevan a las autoridades a desacreditar la confianza pública y desacreditarse? ¿Es cierto que en el “arca llena el justo peca”?

Los problemas abundan. Las noticias nos abruman con datos sobre supuestas infracciones cometidas por funcionarios elegidos por voto popular o por designación que han manejado el dinero de todos, y que, de acuerdo con documentos presentados ante los fiscales y jueces, estos administradores de la “cosa pública” no solo no han cuidado esos recursos del pueblo, si no han recibido coimas, colocado dineros en paraísos fiscales y luego han fugado al exterior.

• De síntoma a pandemia

Estas situaciones han creado diversas reacciones en la ciudadanía:
indignación, incredulidad, depresión y en ciertos sectores indiferencia que raya en la pasividad y el desencanto en el modelo democrático. ¿Es que la corrupción está demoliendo la democracia? ¿Es lógico concebir que algunos dignatarios han utilizado sus altas investiduras para delinquir, saquear y usurpar dineros ajenos y liquidar la confianza, y por ampliación atentar contra el estado de derecho?

Los casos son patéticos. Según algunas percepciones no hay institución del Estado –y también del sector privado- que no esté contaminada por la enfermedad de la corrupción, que pasó de ser un síntoma para convertirse en una pandemia. ¿Estamos frente a una sociedad que se diluye, que vive al borde del fracaso, debido a este vacío ético? ¿Dónde se forman las personas que –con las excepciones del caso, que son mayorías- nos han llevado a esta situación? Las familias y el sistema educativo son corresponsables principales.

• Círculo vicioso

Causa grima reconocer esta situación y los factores asociados a esta figura retratada por los especialistas: la anomia o anomía, que significa la caída de los referentes y el surgimiento de nuevos –dispersos, inhumanos y violentos-, alentados por la indiferencia general.

Uno de ellos, como he hecho arriba, es el abismo profundo entre las instituciones –creadas y sostenidas por un sistema en proceso de depredación- y la actitud de ciertos actores aparecidos en el escenario público, que ejercen liderazgos y logran supuestas ventajas, en nombre del Estado y a espaldas del pueblo nutren sus bolsillos de dinero mal habido.

La razón –entre otras- estriba en que el Estado -ese ogro filantrópico al que todos quieren llegar para administrar plata ajena- ha demostrado su incapacidad para lograr el bien común. El proceso ha sido –sin lugar a dudas- perverso: los controladores no controlan, los representantes del Estado negocian para sí y no para los ciudadanos; los evasores de impuestos se cuentan por miles, y en todos lados se percibe inseguridad, violencia doméstica e inobservancia de los derechos humanos fundamentales… ¿Cómo romper ese círculo vicioso?

• Los clásicos: una aproximación

Para intentar comprender la sociedad de hoy he acudido a los clásicos. Jean-Jacques Rousseau en “El Contrato Social”, “intenta articular la integración de los individuos en la comunidad; las exigencias de libertad del ciudadano han de verse garantizadas, a través de un contrato social ideal que estipule la entrega total de cada asociado a la comunidad, de forma que su extrema dependencia respecto de la ciudad lo libere de aquella que tiene respecto de otros ciudadanos y de su egoísmo particular. Y Thomas Hobbes y “su primera ley natural, que es la auto conservación, que lo induce a imponerse sobre los demás, de donde se deriva una situación de permanente conflicto: «la guerra de todos contra todos», en la que «el hombre es un lobo para el hombre».

Otros análisis, asimismo relevantes, son los de Erich Fromm en “El miedo a la libertad”, “El arte de amar” y “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”, que ofrecen pistas para entender los procesos de autodestrucción humana. Fromm, en uno de sus escritos concluye que “el hombre ordinario con poder extraordinario es el principal peligro para la humanidad y no el malvado o el sádico”, lo cual se puede concretizar cuando se combinan en él las tres orientaciones que forman el síndrome de decadencia y que “mueve al hombre a destruir por el gusto a la destrucción y a odiar por el gusto de odiar. En contraposición, Fromm describe así el síndrome de crecimiento: “el amor a la vida (en cuanto opuesto al amor a la muerte) el amor al hombre (opuesto al narcisismo) y el amor a la independencia (opuesto a la fijación simbiótico-incestuosa)”.

Y claro, no podía faltar el criterio de Sigmund Freud, para quien “el inconsciente, la conciencia y la censura (denominadas posteriormente por Freud como "ello", "yo" y "super-yo", respectivamente), constituyen las tres fuerzas fundamentales del psiquismo.

Me han impresionado estas palabras de Freud: “El psicoanálisis –dice-despoja a la vida de sus últimos encantos al vincular cada sentimiento al racimo de complejos que lo originan. Descubrir que todos alojamos en el corazón a un salvaje, un criminal, una bestia, no nos hace más felices… Los hábitos e idiosincrasias más desagradables del hombre –su falsedad, su cobardía, su falta de respeto- son engendros de una adaptación incompleta a una civilización compleja. Son el resultados del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura”.

• Un debate

La sociedad ecuatoriana debe enfrentar un debate abierto y plural, interdisciplinario y académico –y no excluyente para la gente del Estado llano- para hablar sobre los contextos y escenarios de la violencia y los tipos de violencia que vivimos, y la desinstitucionalización creciente.

Los complejos, debilidades, instintos, engendros como causas últimas de actos reprobables de algunos docentes indecentes y de ciertas autoridades, que han denigrado el verdadero sentido del papel del Estado, y por extensión de la civilización y la cultura, no pueden impedir que la gente de bien reflexione, debata y proponga proyectos sensatos y posibles, para regenerar la sociedad que se diluye –en términos de Zygmunt Bauman-.