Los que no hemos tenido la suerte de ser futbolistas de verdad, los que tenemos que conformarnos con verlo en la tele y los graderíos, casi siempre lo hacemos con el vaso de cerveza, algún traguito, acompañado de amigos, con los que salen a flote conversaciones sobre cualquier cosa que nos deja el partido. De eso se trata este blog: hacernos a la idea de que somos amigos, de que estamos en un bar o en la sala de una casa hablando de fútbol, de este mundial Rusia 2018. Twitter: @santiaestrella
Santiago Estrella
Periodista de EL COMERCIO desde el 2002. Es hincha de Aucas y de Racing de Avellaneda.

¡Vivan los futbolistas parranderos!

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México ganó a Alemania y parece que ya nos hemos olvidado de todo el escándalo. Y si no nos hemos olvidado, lo hemos perdonado. Pero a veces yo quisiera pensar que México ganó no a pesar de la parranda que se pegaron, sino precisamente por ella. 

Algo sí es desagradable: los vídeos que están subiendo en redes sociales tiene mucho de machismo . Y sobre todo aquello que se vincula con la prostitución, pues al lado de eso está la trata de personas, las mafias, que son males serios de este tiempo. 

No es eso lo que defiendo. Lo que digo es que siempre me gustaron los jugadores que no renuncian a la fiesta. Cuando me hablan del Brasil bicampeón del 58 y 62 y todos mencionan a Pelé, yo me quedo con Garrincha, que era más diversión. 

Tengo una fascinación por el inglés George Best, ese que dilapidó su dinero en fiesta y mujeres. Ese hombre que en sí era una celebración con sus frases de otro nivel para un futbolista común: "Gasté un montón de dinero en alcohol, mujeres y autos. El resto simplemente lo malgasté" o "En 1969 dejé las mujeres y el alcohol. Fueron los peores 20 minutos de mi vida”.

Me encantan, en ese sentido, muchos brasileños: los Ronaldos, Romarios, y ese espíritu que hace pensar que es cierto que "la alegría es brasileña". 

En Ecuador, estuvo Carlos Ernesto Berrueta: luego de Marcelo Trobbiani, el mejor jugador extranjero de lo que vi en el fútbol ecuatoriano, pese a que jugó en la Liga, luego de haber pasado por el Aucas (el equipo por el que profeso mi pasión futbolera). 

Todos esos -y muchos más que se me van de la memoria en estos momentos- fueron jugadores extraordinarios. Pero pese a la impresión de una mayoría escandalizada, los siento más cercanos a nosotros, simples mortales con la pelota en los pies. ¿Por qué un jugador no puede divertirse?

El problema es que damos a los deportistas el rol de modelos para la sociedad y para los jóvenes. Es algo que nos viene desde la Grecia antigua. Para ellos, el deportista olímpico era un arquetipo, pero se olvidan muchos que esos arquetipos no solo eran talento físico, sino también tenían una alta preparación intelectual. Eran personas que provenían de las élites y, si eran Espartanos, para colmo, el premio -y el honor- por obtener el laurel era ir en primera fila en la batalla. 

Las competencias medioevales eran también ejecutadas por los caballeros, que lo eran por bendición de la nobleza. 

Pero estos jugadores de fútbol, los nuestros, no provienen de las élites. Y tampoco las élites -comprobado está en la historia- son necesariamente la referencia para nadie. De hecho: me alejo de ellos así como ellos me -y nos- ignoran. Pero me consideraría un insensato si le pido a un tipo que patea la pelota que sea el referente social. 

Sí, hay jugadores entrañables, con una historia y un comportamiento ejemplares. Cristiano Ronaldo no fue abortado y desde su lugar no solo ilumina a su familia sino a las personas necesitadas. Los jugadores levantan fundaciones para los niños. Y está bien. 

Lo que no entiendo ni me gusta es cuando todos se autoafirman defensores de la moral y condenan con dedo policial a los deportistas que se van de joda. ¿Que serían mejor si no hicieran lo que hacen? Es posible. Senegal en los cuartos de final del 2002 fue una pálida imagen de lo que había sido en los primeros partidos. ¿La razón? No se imaginaban que llegarían tan lejos y se fueron de fiesta y en la cancha a los jugadores se les doblaban las piernas. O los chilenos que en la Copa América de Venezuela celebraron la clasificación a la segunda fase del torneo y luego quedaron eliminados.

Todo es posible. Pero, Labruna, por ejemplo, llegaba sin dormir luego de apostar a los caballos y hasta ahora es el mayor ídolo de River Plate. 

Lo que molesta es la condena que todos aquellos que se sienten sin pecado. ¡Que levante la mano quien no haya ido a trabajar con resaca!

Aquellos que los condenan, me son comparables a los que dicen que ahora los jugadores no sienten las camisetas y que solo juegan por plata. ¿En serio lo dicen? ¿Quién en esta vida trabaja por algo que no sea plata aunque fuere su pasión? Y siempre vamos a querer ganar un mejor sueldo. 

Pero lo que sí creo, en los más profundo, es que los parranderos de este mundo no son pocos, son muchos aunque sean cada vez más silenciados por las voces moralizadoras de estos tiempos en que crece el número de los que corren todas las mañanas, de los que montan en bicicletas y hacen decenas de kilómetros y lo cuentan en sus redes sociales, tiempos del exceso en el cuidado dela salud. Pero yo veo a esos jugadores como uno de los nuestros, que juegan demasiado bien y que hacen cosas que no se podrán olvidar.