Lo que otros callan por temor o timidez, aquí se lo dice sin anestesia. Es comentarista de fútbol de EL COMERCIO.
Alejandro Ribadeneira
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Es periodista desde 1994. Colabora con el Grupo El Comercio desde el 2000 y se ha desempeñado en diversos puestos desde entonces. Actualmente ocupa el cargo de Editor Vida Privada.

Mundial, día 2: la deidad de CR7, el Ramadán y ¡Uruguay nomá!

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Alejandro Ribadeneira, @guapodelabarra

Si el arranque fue bueno, el segundo día de Rusia fue pletórico, pero no solamente porque los tres cotejos de la jornada se definieron en los minutos de cierre. Hubo eso que se llama magia y que hace del Mundial el torneo más entrañable de todos. Las mejores luces y los mayores halagos se los llevó Cristiano Ronaldo, el crack de Portugal, que lo mismo se coloca cremitas que firma partidos increíbles y, ante España, tuvo la actuación soñada que le faltaba en un Mundial. ¿Qué solo hace goles de penalti? Bueno, esta vez hizo tres. Sí, uno fue de penalti pero también firmó otro de tiro libre y otro de media distancia, con la ayuda de un mantequilloso De Gea. Portugal fue CR7 y diez conos de tránsito. ¿Qué Ronaldo ya estaba dando signo de fatiga, que empezó la decadencia? Pues nunca antes hizo un partido así en el máximo evento. ¿Qué solo marca a los equipos chicos? Pues le hizo tres a España, aspirante al título. Un jugador de leyenda. El marcador bien pudiera decir ‘España 3, CR7 3’. Es la verdad.

España sí fue un equipo. Lo ha sido desde hace 15 años, cuando la Furia Roja dejó de ser eso, Furia, para aprender que el buen trato al balón requiere de paciencia, cariño, trabajo. Las circunstancias eran terribles por el despido intempestivo del entrenador Lopetegui. Pero el sucesor, Fernando Hierro, no inventó nada. Mantuvo el once que el defenestrado vasco pensaba utilizar para el debut con los lusos, incluso al resistido Diego Costa. El cotejo empezó mal por el penalti en favor de Portugal (pitado a los 184 segundos, el tercero más tempranero de la historia de los Mundiales), pero España le dio la vuelta porque el sello, el trato al esférico, siguió intacto. Hierro falló en los cambios (¡sacar a Costa!), regaló el terreno y CR7, mágico, logró el empate. Pero quedan buenas sensaciones porque hay equipo, porque Iniesta es un motor de pases, porque Costa está con puntería y porque la plantilla tiene fútbol a pesar de los quebrantos.

Y ya que hablamos de dolor, lo que ocurrió con Marruecos fue intenso y hasta cruel. En el día en que terminaba el ayuno sagrado de los musulmanes, el duelo entre los Leones de Atlas e Irán enfrentaba a dos naciones seguidoras de Alá. Los africanos eran favoritos porque llevaban casi un año (18 cotejos) sin perder, en su mejor racha de la vida. En cambio, los persas habían tenido problemas en su preparación porque casi nadie quiere jugar amistosos con ellos por las sanciones económicas y políticas de Estados Unidos. En el partido, los marroquíes del DT Hervé Renard lucieron superiores, al punto que Irán jamás disparó al arco; aunque esto también podría haber sido una ilusión porque la táctica del DT portugués Carlos Queiroz (en el cargo desde el 2011) era la de esperar, aguantar y contragolpear. El empate parecía firmado, pero un autogol de Aziz Bohaddouz en los tiempos de adición del segundo tiempo le dio el triunfo a los persas. Es el segundo triunfo de Irán en todos los Mundiales.

Para Marruecos, fue una segunda y dolorosa derrota en 48 horas, pues el miércoles la FIFA otorgó la sede del torneo del 2026 a la alianza EE.UU.-Canadá-México y descartó la candidatura marroquí por cuarta ocasión. El triunfo ante Irán era vital pues los rivales que se vienen, España y Portugal, son de otro nivel y enfrentarlos con tres puntos en la bolsa es mejor. Renard, decepcionado, usó una frase más bien cristiana para resumir la situación de Marruecos: “Nos crucificamos nosotros mismos”.

Uruguay también estaba pasando un vía crucis con Egipto, a pesar de que el gran Mohamed Salah no pudo entrar a la cancha por lesión y que celebraba su cumpleaños 26 en la banca de suplentes. Bueno, qué iba a celebrar si José Giménez, también en el cierre del cotejo, anotó de cabeza el gol para el triunfo de los celestes por 1-0. El partido no mostró las mejores versiones de Luis Suárez y Edinson Cavani, que bajaron mucho a la mitad para organizar y que dejaron a Uruguay sin profundidad. Pero un córner, para los charrúas, es casi como un penalti, y la cabeza de Giménez tras un lanzamiento libre que era prácticamente desde la esquina rescató al primer equipo sudamericano en debutar. El festejo fue emotivo, pero sobre todo rompió el corazón mirar al cuerpo técnico saltar de los asientos, a Mario Rebollo y Celso Otero, pero sobre todo a Óscar Tabárez, quien se olvidó de que debe usar muletas por su neuropatía crónica, pero igual se puse en pie para gritar “¡Uruguay nomá!”. Tabárez, además, igualó el récord de cuatro mundiales dirigidos a una misma selección del alemán Helmut Schön (1966, 1970, 1974 y 1978). Salú, Maestro.

PD: El duelo entre Uruguay y Egipto se jugó con muchos asientos vacíos, a pesar de que se había informado que casi todo se había vendido. Algo huele muy mal.