Lo que otros callan por temor o timidez, aquí se lo dice sin anestesia. Es comentarista de fútbol de EL COMERCIO.
Alejandro Ribadeneira
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central. Es periodista desde 1994. Colabora con el Grupo El Comercio desde el 2000 y se ha desempeñado en diversos puestos desde entonces. Actualmente ocupa el cargo de Editor Vida Privada.

Munúa lidera a una Liga en fase de autodestrucción

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Alejandro Ribadeneira, Comentarista, @guapodelabarra

En Liga de Quito no acostumbran a echar a los entrenadores a los cinco partidos. Ni a los 10 cotejos. Ni a los 15. Los aguantan todo un semestre, en parte por una convicción de que el proceso merece tiempo; en parte por la dolorosa lección del 2000, cuando se probó con tres entrenadores y un equipazo bicampeón se fue de bruces al descenso, y en parte porque no es época de andar pagando indemnizaciones millonarias, peor cuando hay déficit en una economía con el consumo pasmado.

A pesar de todo, hay malestar en la dirigencia de Liga por el impresentable rendimiento del equipo que encabeza Gustavo Munúa. El uruguayo ha ganado menos puntos que partidos jugados, y solo exhibe el 28,5% de eficacia, si se toma en cuenta el empate por Copa Sudamericana con Defensor. En general, a Liga le llegan fácil y carece de real peso adelante. No hay mecanizaciones ni nada que parezca juego colectivo. Y ahora se agrega una profunda desconfianza de los hinchas en los jugadores expresada en crueles silbidos y sobre todo en gradas vacías.

No vamos a discutir aquí la calidad del hincha de Liga. Un hincha de verdad acude siempre al estadio, y punto, así el equipo juegue mal. Pero Liga es una entidad con aficionados de paladar fino, que no perdonan perder pero sobre todo que no perdonan el mal juego, la displicencia, cualquier atisbo de vaguería, cualquier sospecha de indolencia. Munúa, lamentablemente, no solo ha fracasado hasta ahora en lograr un juego respetable o al menos un funcionamiento competitivo, sino que su credibilidad está siendo minada. El paseo dado por Católica, que goleó caminando, colmó la paciencia de muchos aficionados. Es verdad que Bauza en sus inicios debió refugiarse en un patrullero para salir en una pieza del estadio y luego ganó lo que ganó; pero nada indica que Munúa podrá salir de esta porque su excusa de que “el equipo está en construcción” es eso, una puerta de fuga. Todos los equipos están en construcción, se construyen cada día. Liga está, más bien, en fase de autodestrucción.

Hay mala suerte, es verdad. Las lesiones han afectado la idea del entrenador. Pero eso indica que Liga no tiene recambio, que se armó con las justitas e incluso menos, y que no renunció a los que debía dejar marchar. Viteri nunca ha sido un arquero titular. Araujo libró batallas pero su mejor tiempo ya pasó. Olivera, Rodríguez, Hidalgo e Intriago o no se entregan o no encajan en el sistema, en que Julio suele perder todo lo que le mandan y en que Barcos, un solitario, debe retroceder demasiado. Cevallos sigue siendo un misterio que Munúa, al igual que Borghi, no sabe descifrar. Quizás Munúa sienta a Cevallos porque prefiere velocidad y no pausa.

Lo paradójico es que el desastre con Católica también sirve a Munúa para pedir tiempo. Si Católica jugó brillantemente, es por el tiempo que ha tenido Célico al mando de los camarattas, por los aciertos y errores de varios años. Pero tampoco perdamos de vista que Católica carece de la presión que sufre Liga, directamente proporcional a la nostalgia por los buenos tiempos: mientras más lejana está la primera vuelta olímpica en el Maracaná, más pesada es la ansiedad general por reencontrarse con el éxito. Católica no lo ha saboreado nunca.

Munúa solo lleva semanas, pero el crédito y el tiempo se le acaban. La fortuna le ha dado un respiro y no enfrentará a BSC en la Casa Blanca. Pero si falla con Fuerza Amarilla, quizás se haga realidad el rumor de que Pablo Repetto lo reemplazará.