9 de May de 2012 11:41

La canallada de El Telégrafo

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El Gobierno ha decido hacer del tema Wikileaks otro de los caballos de batalla que usa en su obsesiva guerra contra de la prensa no estatal.  El asunto  podría producir indignación porque se opera, como en muchos otros temas, con dineros públicos pero la verdad es que produce ternura y hasta vergüenza ajena.

El Telégrafo, el diario del Gobierno, inició hace algunos días a publicar algunos cables del Departamento de Estado de los  Estados Unidos que supuestamente la prensa no gubernamental no quiso publicar o que los escondió.  Para ello primero entrevistó a Julian Assange y luego hizo públicos algunos cables que, según ese diario oficial, fueron escondidos por la prensa por proteger a periodistas que fueron contactados por la Embajada de los EE.UU. para recabar información sobre el Ecuador.

 En su discurso, alineado con el descomunal aparataje de propaganda del Gobierno en el que se incluye al parlanchín de los sábados, el Telégrafo ha tratado de proyectar la imagen de informantes o contactos de la Embajada de los EE.UU. a cuatro periodistas: Carlos Jijón, Alfredo Negrete, Alfonso Ortiz y César Ricaurte.

A más de que la acusación de informante o contacto es ridícula y burda porque los periodistas desde siempre se han reunido con diplomáticos, lo que no dice El Telégrafo es que los medios que recibieron los cables de Wikileaks hace ya un año firmaron un acuerdo con esa organización que exigía que no se identifique a ninguna persona que mencionada en los cables para no exponerla, a no ser que se trata de funcionarios públicos. Esa fue una condición exigida por el propio Assange quien luego, seguramente, cambió de opinión y  permitió a El Telégrafo publicar los nombres de las personas mencionadas.

Tampoco entiende la persona que está tras la publicación de El Telégrafo que los dos diarios que recibieron los cables de Wikileaks no recibieron los mismos cables. Es decir, uno no puede responder por lo que haya o no publicado el otro.

No entiende asimismo que cuando se hace periodismo se hacen ediciones  y se escogen los temas que parecen relevantes. Lo contrario es inviable en el periodismo. Cuando un periodista va a una sesión del Congreso y hace una nota sobre lo que ocurrió ahí no hace una transcripción literal de todas las intervenciones sino que hace una selección de lo que le parece más trascendente.

También miente y cae en el ridículo El Telégrafo cuando se ufana de ser el primer medio ecuatoriano y “del continente” en entrevistar a Assange. EL COMERCIO ya lo hizo cuando arrancó la publicación de los cables. Esa entrevista salió publicada el 1 de mayo del 2001. Eso sin mencionar las varias entrevistas que dio al menos al New York Times, al menos que El Telégrafo considere que ese diario funcionar en un continente distinto al americano.

En la nota que la gaceta oficial publica para replicar la indignación de los periodistas calificados como contactos o informantes se dicen cosas para las que es necesario no tener vergüenza alguna para afirmarlas.

Para comenzar cuando dice que ratifica su condición de diario público.  Un diario que no hace otra cosa que articularse a la grotesca estrategia propagandística del Gobierno no debería tener la cara de llamarse público. Incluso si no lo hiciera, tampoco podría decirse público cuando la designación de  su directorio es un acto del Ejecutivo.

Luego dice El Telégrafo, entre otras sinvergüencerías, que hace buen periodismo. Si lo hiciera, o al menos tratara de hacerlo, debía haber entrevistado a los cuatro periodistas que han pasado a ser, según el evangelio del Gobierno, en informantes o contactos de la Embajada. Eso hubiera sido hacer buen periodismo. O al menos hubieran tratado de hacerlo.

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