16 de December de 2010 00:00

En zapatos del otro

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Pablo Cuvi

Hace rato que se ha desarrollado en las grandes universidades una carrera para manejo y solución de conflictos. La clave de la negociación es ponerse en los zapatos del otro para entender su punto de vista. Así, el estudiante israelí debe estudiar y defender la posición de los palestinos de Gaza, y viceversa, de modo que a cada participante se le abre el cerebro, el adversario deja de ser un fanático sanguinario o una bestia salvaje y se convierte en un ser humano que tiene sus razones para actuar. Esa técnica se aplica desde lo más universal hasta lo más doméstico; de hecho, hasta el servicio doméstico, que es adonde quiero llegar.

Cuando era chico, un tema infaltable en las reuniones de señoras de clase media para arriba era el problema de las empleadas domésticas, a quienes se achacaba defectos y carencias que conjugaban prepotencia, racismo y otros prejuicios. “Es que estas cholas no te entienden, mija”, era la conclusión irremediable.

Siempre me fastidió el asunto. Quizá por ello, en los años rebeldes de la universidad, cuando otros fantaseaban con volverse campesinos u obreros para identificarse con “las bases”, a mí me entretenía la idea de ser un chance empleado doméstico. Fue el hambre de mochilero en París, no la curiosidad antropológica, la que me llevó a limpiar el apartamento de un florista del barrio chic, trabajo de ‘femme de ménage’ destinado a las mujeres argelinas.

Mi primer enemigo fue un gato persa esponjado que arrojaba pelos de lujo por todas esas alfombras que yo debía raspar de rodillas. Siempre tuve a mano una escoba para zamparle un palazo si se ponía a mi alcance, cosa que muy rara vez ocurría pues el felino no tenía un pelo de tonto y me vigilaba desde una viga del tumbado. Menos mal que no podía chismear que me bebía largos tragos de un delicioso Côte du Rhone, empujando el límite de cuánto puedes tomar y comer sin despertar reclamos. Al florista solo le importaba el gato, pero la espectacular modelo afrobrasileña que era su huésped temporal intentaba con modos de patrona sudamericana obligarme a usar una esponja para cada cosa. En venganza, yo lavaba todo con la misma esponja. Así aprendí que una sirvienta ve las cosas desde el otro lado y no tiene por qué compartir el punto de vista patronal sobre la mascota y los adornos, ni sentirse “de la familia”.

Un día, mientras limpiaba, encontré una revista de los años 50 donde preguntaban a un rebelde argelino por qué ponían bombas en los almacenes de París: “Porque no tenemos Fuerza Aérea; si la tuviéramos, bombardearíamos París”. Eso, luego de las masacres ejecutadas por los franceses en Argelia. Desde mis zapatos de empleado doméstico por una vez entendí perfectamente ese razonamiento.

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