10 de December de 2010 00:00

Yasuní en Cancún

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Gonzalo Ruiz Álvarez

Ya van 16 cumbres sobre el cambio climático y la temperatura del planeta va de mal en peor. De un año a otro la temperatura registra cifras en ascenso y cada vez más alarmantes.

El Protocolo de Kyoto, un magnífico instrumento para detener la emisión de CO2, desafortunadamente no se ratifica por parte de varios países de aquellos desarrollados y que más responsabilidad tienen en la contaminación del planeta Tierra.

La comunidad internacional consciente -y cada vez hay más conciencia en materia del cuidado de la naturaleza- ya detesta los discursos y las promesas que se pueden calificar de demagogia ambiental.

El tema es explorar la mayor cantidad de alternativas para sustituir el consumo de combustibles fósiles que generan CO2. Las plantas generadoras de energía hidroeléctrica -y nuestro país tiene abundantes recursos en ese ámbito-, la energía geotérmica, la energía que mueve el viento y el adecuado aprovechamiento de las emisiones de gas que se lanzan inmisericordemente a la atmósfera son soluciones posibles y para las cuales hace falta una cruzada internacional seria, responsable y sostenida para darle al ser humano un escenario para su vida.

En Cancún, el foro largo y pomposo, no deja de tener información tan valiosa como preocupante. Tal es el caso de los datos que proporciona Cepal.

Los expertos del organismo señalan que el cambio climático producirá un impacto en el Producto Interno Bruto de los países latinoamericanos en los próximos 100 años. Se disminuirá la capacidad de producción agrícola. Dicho en otras palabras, subirá el precio de los alimentos, esto quiere decir que se expandirán el hambre y la pobreza.

En ese contexto llegó Rafael Correa para dar un discurso. Se interpretó como un ultimátum a la comunidad internacional sobre el propósito -para muchos loable- de dejar el petróleo bajo tierra en los campos Ishpingo-Tambococha-Tiputini en la zona selvática del Parque Nacional Yasuní.

Más allá de los buenos propósitos la iniciativa no ha caminado. Muchos pensamos que la buena idea tendría dificultades en materializarse por lo que no pasaba de una utopía. Lamento no haberme equivocado. La peregrinación de distintas comisiones, embajadas de alto nivel de diplomáticos, ambientalistas y expertos que recibieron el aplauso de distintos foros en muchos países han obtenido resultados magros, como se había advertido. Tan es así, que el Presidente ecuatoriano, urgido de recursos para sostener el abultado y creciente Presupuesto del Estado, lanzó el ultimátum. La proclama ambientalista corre el riesgo de quedar en el discurso y el pragmatismo, y la urgencia de dinero puede ganarle la partida a uno de los ejes en que se construyó la propuesta de campaña de la revolución ciudadana. Una pena.

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