30 de abril del 2016 00:00

Voluntarios alegran a los niños y a los adultos

La Policía Metropolitana de Quito llegó con su unidad móvil al albergue del Estadio de Bahía, donde están varios damnificados por el terremoto. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

La Policía Metropolitana de Quito llegó con su unidad móvil al albergue del Estadio de Bahía, donde están varios damnificados por el terremoto. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 7
Geovanny Tipanluisa
Desde Bahía (I)
gtipanluisa@elcomercio.com

En la pequeña cocina, al filo del mar, hombres y mujeres entran y salen. Unos ponen el arroz y el tallarín, otros acercan las tarrinas a la calle y el resto reparte.

Afuera, unas 30 personas hacen fila para recibir el almuerzo gratuito. Todos hablan del terremoto. Aseguran que sus casas están cuarteadas, que las paredes se cayeron, que el techo está en el piso, que los hijos no tienen qué comer.

Por eso, apenas se produjo el sismo un grupo de voluntarios llegó desde Guayaquil, pidió prestado un local en el malecón de Bahía y comenzaron a cocinar. Ahí comen Fausto Real, José Luis Terán, dos de las 21 personas que llegaron desde Guaranda, una ciudad de la provincia de Bolívar, para operar maquinaria pesada.

Al inicio durmieron al aire libre, solo comieron atún y pan, pero una persona que los vio así les ofreció su casa para que se hospeden. Allí descansan y duermen. “Lo hacemos con todo cariño”, dice Terán.

En las ciudades manabitas devastadas por el sismo, grupos de ayuda como este se multiplican. Pero también hay pequeñas familias que cocinan gratuitamente para los rescatistas, o personas que compran comida o frutas y empiezan a repartir a los damnificados.

Eso hizo Sandra Balcázar. Tomó su camioneta. Salió a las 22:00 del miércoles desde Loja y en la mañana del jueves ya entregaba víveres y naranjas. “Vine sin que nadie me lo pida, porque sé lo que están pasando”. Más adelante, en el estadio de Bahía, unos 20 niños juegan en una resbaladera inflable. Otros se pintan la cara, colorean, corren.

Caras pintadas niños

Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

40 agentes metropolitanos de Quito llegaron con esa distracción. ¿Por qué lo hacen? El inspector Manuel Cargua dice que la idea es atender a los pequeños en la parte psicológica.

Alexander Calderón también es metropolitano y trabaja para que los niños no caigan en estrés posterior a los desastres. “Cuando sucede esto normalmente tienen pesadillas, se altera la estabilidad emocional, se vuelven agresivos, se asustan con cualquier cosa”. Eso sucede con Jofre, el hijo pequeño de Karina Saltos. Apenas se mueve algo corre a las piernas de mamá. El jueves, él también jugaba en la resbaladera inflable.

Por eso también le dibujaron un corazón en la cara de Isabel Zamora, la abuelita de 76 años que cuando sucedió el terremoto estaba sola en la calle, pues había salido a comprar pan. “Quería cogerme de las paredes pero también se movían. Estuve frente a un poste y le pedí a Dios que no se me caiga encima”.

Doña Isabel sonríe y se apega a otros niños que son chequeados por médicos que llegaron desde Quito.

Otros doctores, en cambio, arribaron de Guayaquil. 36 de ellos se instalaron en Bahía y San Vicente. La mañana del miércoles último, los médicos Alejandro Correa y Miriam Iturburo atendían gratuitamente a dos madres de familia. Los cuadros más frecuentes que presentan personas como ellas son pesadillas, miedo, infecciones en los ojos y en la garganta, comentaban los médicos.

Casi cerca al lugar donde laboran estos doctores pasan 12 camionetas con alimentos. Se trata de una iniciativa de una congregación evangélica que recogió comida y agua.

Caras pintadas Manabí

Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Salieron a las 02:00 de Guayaquil y a las 11:00 ya llegaron a Barquero, una pequeña comuna de San Vicente, en donde el sismo destruyó decenas de paredes de casas y otras edificaciones.“Nadie nos pidió. Lo hacemos por nuestros hermanos”, dice José Manuel Guamán, presidente del Consejo de Iglesias de los Pueblos Indígenas Evangélicos del Litoral.

A Luis Loor tampoco le pidieron ayuda, pero cada tarde prepara 300 platos para los socorristas que llegaron al país para dar una mano en lo que se necesite. Lo hacen “como agradecimiento a Dios”, porque su casa está intacta después del sismo. Cada tarde, con su pequeño vehículo se ponen en una de las puertas del ECU 911 de Portoviejo.

Para poder abastecer a todos mataron una vaca. “Nos sentimos tan alegres porque estamos bien”, dice Luis. Lo único que quiere es que pase esta crisis para seguir.

En contexto


Agentes metropolitanos, agrupaciones religiosas y personas particulares se movilizan en las zonas afectadas para impulsar actividades recreativas entre los afectados. Otros reparten comida a los demás voluntarios. Vienen de todos los rincones del país.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (1)
No (0)