25 de septiembre de 2015 00:00

25 000 habitantes aprendieron a vivir con el volcán Tungurahua

Tungurahua

Pedro Medina es uno de los 30 vigías del coloso, que lleva 16 años en proceso de erupción. Foto: Paúl Rivas / EL COMERCIO

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Betty Jumbo
Editora (I)
bjumbo@elcomercio.com

Si alguien sabe cómo vivir y dormir al lado de un volcán en erupción son los baneños y los campesinos de las comunidades de Pondoa, Bascún, Juive Grande, Cusúa, Chacauco, Bilbao, Puela, Pillate, Palictahua.

Todos ellos, cerca de 25 000 habitantes, son vecinos del volcán Tungurahua, que este octubre cumplirá 16 años de erupciones; a veces calmado, a veces muy inquieto.

Ya no es su enemigo, como lo creían en 1999 –cuando se despertó luego de casi un siglo de silencio-, sino un amigo, un vecino. Así lo llaman Pedro Medina y Luis Chávez, moradores de Cusúa y Juive Grande, dos comunidades rurales asentadas en el lado occidental de las faldas de este volcán ecuatoriano, de 5 020 metros de altura.

Están tan familiarizados con él que siguen cultivando y criando ganado vacuno sobre sus faldas, pese a sus erupciones y continuas explosiones de ceniza. Las dos comunidades son productoras de tomate de árbol, maíz y fréjol, los cuales resisten a la caída de ceniza.

Ya no siembran papas ni otros granos, porque eran destruidas constantemente por el material volcánico. Esa fue una de las lecciones que les enseñó su vecino, cuya actividad se ha incrementado en estos días.

Aprendieron a convivir con el volcán y a conocerlo. Medina, habitante de Cusúa, es uno de los que más lo conoce, pues lleva 13 años observándolo; todos los días y las 24 horas. Él es el vigía de la comunidad y quien guía a sus vecinos cuando es momento de evacuar.

Mientras cosecha u ordeña una vaca lo vigila. Cualquier signo comunica por una radio portátil a los técnicos del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional, en la base de Guadalupe, en Patate.

Si la actividad es sostenida por más 48 horas significa que deben evacuar y lo hacen, cuenta Medina. Cuando retornan, hacen un censo para ver cuánta gente sigue viviendo en Cusúa. La última vez que lo hicieron fue hace un año, porque en este 2015 el volcán no ha tenido grandes explosiones.

Esa labor también la es de su vecino Chávez, el vigía de Juive Grande, desde hace 15 años.

Ninguno gana sueldo ni recibe remuneración alguna. Son vigías por convicción, para cuidar a su familia y sus vecinos. “Lo hacemos porque vivimos de la tierra, no tenemos nada más que esto y nos aferramos a esta zona”, expresa Medina.

Con ellos son cerca de 30 vigías que observan al Tungurahua sin recibir nada. Este voluntariado es una de las bases del sistema de prevención que desarrollaron los habitantes cercanos al Tungurahua, con la ayuda de los técnicos del Geofísico y de las autoridades.

Dos publicaciones en inglés de la Universidad de Colorado y de siete técnicos de Estados Unidos y de Ecuador describen que la red de vigías han contribuido a la reducción de los riesgos del volcán.

Marcelo Espinel, de la Unidad de Gestión de Riesgos del Municipio de Baños, destaca ese empoderamiento de los campesinos que viven en las zonas de riesgo porque son “dueños del problema y de la solución”. Él ha estado con los comuneros desde 1999.

Aunque al principio no fue fácil, los tungurahuenses de esta zona se jactan de tener planes, un buen sistema de comunicación entre todos, vigías, voluntarios, de que cada familia cuente con un plan para evacuar, de un sistema de alerta temprana (no solo sirenas o equipos). Lo más importante, dice Espinel, ha habido cero burocracia y una apertura total a la información sobre lo que realmente pasa con el volcán.

En la práctica, por ejemplo, los campesinos evacúan sin necesidad de esperar una orden.

Xavier Mayorga, coordinador del proyecto Ponte Alerta de la Cruz Roja y que ha estado vinculado al volcán desde hace 16 años, resalta lo que más llena de orgullo : “La gente aprendió a vivir normalmente, pero siempre están pendientes de lo que hace el volcán. No hay necesidad de estar ahí, porque todos sabemos qué debemos hacer”. Tanto es así que el volcán es un atractivo turístico y es parte de las ofertas de viaje a Baños de Agua Santa.

No se sienten amenazados ni tienen miedo. Esa fue la razón por la cual Baños y sus alrededores fue declarada en el 2014 por la ONU como ciudad resiliente de Ecuador. En palabras sencillas: resiliencia es la capacidad que tiene una comunidad para realizar sus actividades normales frente a un fenómeno natural.

El exalcalde de Baños, José Luis Freire, cree que los baneños tienen algo que compartir con la gente de Cotopaxi y Pichincha: los pocos aciertos que tuvieron en estos 16 años. “Lo que aprendimos los habitantes del Tungurahua puede ser un espejo para los hermanos del Cotopaxi”.

En contexto

La erupción más fuerte del volcán Tungurahua fue el 16 de agosto del 2006, cuando se produjeron lahares y flujos piroclásticos que destruyeron puentes, viviendas y se murieron las reses de los campesinos. La actividad eruptiva comenzó en octubre de 1999.

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