16 de agosto del 2016 00:00

La ira del Tungurahua dejó una cultura de prevención

Desde la ciudad de Ambato, en Tungurahua, la pasividad del volcán de los últimos días se observa gracias a los cielos despejados de verano. Foto: EL COMERCIO

Desde la ciudad de Ambato, en Tungurahua, la pasividad del volcán de los últimos días se observa gracias a los cielos despejados de verano. Foto: EL COMERCIO

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Cristina Márquez
y Fabián Maisanche (I)

Una década después de la erupción de mayor magnitud registrada en el volcán Tungurahua, los habitantes de los poblados asentados en las laderas del coloso aprendieron a prevenir los riesgos. En las 14 comunidades, que conviven con el volcán, aún recuerdan la tragedia que dejó seis muertos, 67 casas afectadas y pérdidas económicas.

Palitahua, un poblado situado a 15 minutos de Penipe, en Chimborazo, fue uno de los más afectados por la erupción. El flujo piroclástico que descendió por la quebrada destruyó el puente que comunicaba a las parroquias Altar y Puela, calcinó animales y plantas, y represó el río Puela.

10 años de la explosión más fuerte del Tungurahua

Pero lo que más conmocionó a las 50 familias que habitaban en el pequeño poblado fue la muerte de seis personas que no lograron salir a tiempo. “Ese día la ‘abuela Tungurahua’ se despertó temprano. El cráter se veía como un avispero, las rocas incandescentes saltaban y los estruendos eran intensos”, recuerda Jorge Totoy, líder comunitario y actualmente vigía del volcán.

Él cuenta que el Instituto Geofísico les advirtió de la intensidad de la actividad, pero la gente se negó a abandonar sus casas por la mala experiencia de 1999. En octubre de ese año, el volcán se reactivó tras casi un siglo de inactividad y las autoridades decidieron evacuar a la población. Esa vez no hubo la erupción que se esperaba. “En Palitahua la gente permaneció en el centro comunitario confiada frente al silencio en el volcán. Pensamos que, como siempre, era una falsa alarma”, dice Rosa Hidalgo, otra moradora.

Pero cerca de las 23:00 del 16 de agosto del 2006, cuando el cascajo perforó los techos y el flujo incandescente llegó al río, fue tarde para correr. Ese día fallecieron Aurelio Hidalgo y su esposa Ondulia Ramírez, Jaime Samaniego, Betty Balseca y Juan Satán.

Unas horas después también falleció a causa de las quemaduras Carmelina Merino, quien fue rescatada por su nieto Frank Baus.

Las secuelas y las pérdidas económicas en los poblados como Palitahua, Chogluntús, Manzano, Puela y Bilbao obligaron a migrar a otras ciudades. Solo unos años después, la gente decidió volver y aprender a convivir con el volcán.

Hoy hay 42 vigías voluntarios que reciben información directa del Geofísico y de la Secretaría de Gestión de Riesgos; ellos son uno de los puntales de la cultura de prevención en la región en estos casi 17 años del proceso eruptivo del Tungurahua.

En los últimos simulacros realizados en los poblados situados en el flanco sureste del volcán, que corresponden a Chimborazo, la gente logró evacuar en solo 30 minutos.

Secuelas en Tungurahua

El agricultor Miguel Morales y su familia son afortunados en tener su casa en pie en el sector de Los Pájaros, en las cercanías de la vía Ambato – Baños de Agua Santa, en Tungurahua. La vivienda de un piso fue parte de un puñado de casas que conformaban la comunidad Juive Grande, asentada en una de las quebradas del volcán Tungurahua.

Morales recuerda que los flujos piroclásticos sepultaron las viviendas de sus vecinos, ese 16 de agosto. Enterró sembríos de maíz, tomate de árbol, papas y legumbres.

El vigía, de 45 años, indica que las tres cabezas de ganado y su familia fueron evacuadas horas antes de la erupción. “Ese día los vecinos lo perdieron todo y se quedaron en la calle. Se destruyó una puerta de madera de mi casa, pero no hubo más daños”.

Según la Dirección de Gestión de Riesgos del Municipio de Baños, el descenso de material volcánico provocó que 50 casas quedaran enterradas. Mientras que la ceniza y el cascajo afectaron el centro de la urbe, comunidades aledañas y la vía Ambato – Baños. El turismo también se redujo.

Marcelo Espinel, exdirector de gestión de riesgos, recuerda que en Baños se salvaron vidas gracias al apoyo de todos. “Las experiencias en las reactivaciones de años anteriores nos permitieron reconstruir vías, hacer puentes y confiar en la palabra de las autoridades”.

En el sector de Los Pájaros, entre tierra y piedras, aún se ve algo de lo que fue la casa de la hija de José Chango. El agricultor recuerda que la erupción comenzó al mediodía. “Ese día salimos corriendo con dos cobijas. La casita de mi hija fue sepultada. Pero con trabajo hemos logrado pagar deudas y rehacer nuestra vida”

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