17 de marzo de 2016 00:00

El volcán Tungurahua tuvo dos fases eruptivas

La incandescencia comenzó el 5 de marzo y ha ido decayendo estos días. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Betty Jumbo
bjumbo@elcomercio.com

La nueva erupción del volcán Tungurahua no se parece en nada a las reactivaciones que ha tenido en estos casi 17 de años de actividad permanente.

Durante este tiempo, los técnicos y los habitantes de las cercanías han aprendido que este coloso no sigue un solo patrón: cada vez que se despierta se comporta de una manera diferente.
Así fue la del 26 de febrero pasado. Ese día, los técnicos del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional detectaron en los instrumentos que el Tungurahua había comenzado un nuevo episodio eruptivo. El desenlace fue muy rápido, luego de que se produjeran 14 sismos (un enjambre) en apenas una hora.

Desde las 12:11 hasta las 13:33 se presentaron cinco explosiones, algunas de las cuales generaron columnas de ceniza que llegaron hasta 8 kilómetros sobre el nivel del cráter.

El enjambre fue el premonitor de una nueva erupción en el coloso, dice Mario Ruiz, director del Geofísico.

En la reactivación de noviembre de año pasado precedieron varios días hasta que se presentaron las fuertes explosiones, acompañadas de grandes cantidades de ceniza.

Esta vez, el Tungurahua experimentó dos fases eruptivas. La primera fue desde el 26 de febrero hasta el 4 de marzo y la segunda empezó el 5 de marzo y continúa, aunque con un poco más de tranquilidad.

Ambas corresponden a dos alimentaciones o inyecciones de magma que no fueron de volúmenes muy grandes. En el monitoreo no se detectó la deformación (ensanchamiento) del volcán, que es un parámetro que indica si la cantidad de magma es pequeña o grande.

La primera fase estuvo caracterizada por una emisión continua de ceniza y una abertura del conducto. Se observaron fuentes de lava, es decir, salida constante de material incandescente que se elevó por los aires y cayó sobre los flancos superiores de la elevación. A todo esto se llama erupción estromboliana (por el volcán italiano Stromboli).

Ese comportamiento cambió a partir del 5 de marzo, con la aparición de explosiones en forma de hongos, fuertes y de gran tamaño (hasta 5 000 metros sobre la cumbre).

Las explosiones ocurrieron porque el conducto empezó a cerrarse (dos a tres horas) y luego a abrirse. Eso hizo que el material volcánico se solidificara y se formara una especie de tapón. Al acumularse mucha presión interna se dieron las detonaciones. Esta segunda fase fue una erupción vulcaniana (también por el volcán Vulcano)

Otras características de esta reciente reactivación fueron la expulsión de una gran cantidad de ceniza y la formación de flujos piroclásticos.

Esta emisión de polvo volcánico solo se compara con las erupciones fuertes del 2001, 2006, 2010 y la de noviembre del año pasado, indica Ruiz.

Según los datos analizados por el Geofísico, hasta la semana pasada se habían acumulado 14 libras de material (ceniza, gravilla, pedacitos de roca) por metro cuadrado. Patricia Mothes, jefa de Vulcanología del Geofísico, cuenta que esta vez el depósito de ceniza fue impresionante, ya que en poco tiempo cubrieron las zonas aledañas. “Fue demasiado”.

Incluso, las rutas del tráfico aéreo de Quito-Guayaquil y Quito-Cuenca fueron afectadas y las naves debieron desviarse para evadir el polvo volcánico, manifiesta Ruiz.

Se espera que termine este proceso para evaluar la cantidad que cayó y establecer si fue más intensa que la de noviembre. En ese mes, el Geofísico calculó que cayeron 1,2 millones de metros cúbicos de ceniza, el equivalente a 76 000 volquetas grandes.

La formación de flujos piroclásticos (lenguas de gas, ceniza y bloques) preocupó mucho, sobre todo porque rodaron hasta 3 500 metros debajo del cráter; es decir llegaron a la parte media del volcán, que se ubica a 5 020 metros sobre el nivel del mar.
Los pobladores fueron alertados para la evacuación de las faldas debido a su peligrosidad, pues tienen temperaturas de más de 100 grados y bajan a una alta velocidad.

Después de dos semanas de actividad, el Tungurahua casi ha terminado sus explosiones, explica Mothes. Una de las últimas se presentó hace tres días. “Sus niveles de energía son muy bajos y está tratando de volver a un estado más tranquilo”. Se espera que descanse tres meses, como ha sido su comportamiento.

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