19 de December de 2009 00:00

Ir, ver, comprender...

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Rubén Darío Buitrón

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En toda guerra hay víctimas y nadie obtiene la victoria, aunque algunos ilusos piensen lo contrario. Y la primera víctima es la verdad.

Estos axiomas encajan  en la  batalla entre el Gobierno  y los medios de comunicación,  batalla donde los equívocos podrían hacer mucho daño al periodismo.

Hablar de ‘la verdad’, en absoluto, siempre será  una mentira. Así que quien diga, como lo hace el Gobierno cada sábado, que “la verdad ya es de todos”,  simplemente está mintiendo.

Pero también hay medios y periodistas que  se jactan de decir “la verdad”, cuando convierten sus espacios en escenarios de oposición política y desinformación.

¿A qué verdad nos referimos, entonces, cuando unos y otros pretendemos  izar esa bandera?
 
¿Quién tiene ‘la verdadera verdad’ en la guerra política y mediática entre el Régimen y la prensa?

 Si unos y otros  fragmentamos  la realidad como nos conviene,  ¿no estamos diciendo   mentiras en nombre de ‘la verdad’?
Cuando se expida  la  Ley de Comunicación, un  gran equívoco  será que algún sector, privado o público, asuma “la  victoria”.
Porque si se llegara a concretar una Ley democrática (lo cual dudo), donde todos los ciudadanos y  poderes (político y económico, en especial) asumamos nuestros deberes y derechos, habrá que decir, simplemente, que fue un signo de una sociedad más madura y menos intolerante.

Dudo, además, sobre el destino de  lo que se  debate ahora: ¿podremos los  periodistas, por nuestra propia decisión,  caminar en la ruta de un mayor pluralismo, un menor apasionamiento ideológico, una elevada  autocrítica y un metódico  aprendizaje de los errores?

Será  otro  equívoco autoconvencernos de que la tormenta pasó y que ya no será necesario desarrollar o profundizar nuestros  procesos de capacitación, pensamiento y reconstrucción del periodismo. Lo digo porque me resulta patético escuchar a colegas que dicen que la arremetida gubernamental “nos hizo más cuidadosos con nuestro trabajo”.

¿Quieren   decir que si el Régimen  no nos combatía habríamos seguido haciendo mal lo que estábamos haciendo mal?

Otro  equívoco  será mantener la pretensión,  desde el sesgo del mercadeo,  de que las audiencias son un  ente abstracto sin capacidad de elegir, decidir, exigir y demandar un periodismo equilibrado, útil, justo e inteligente.

Más allá de  la obsesión de quienes intentan descalificarnos para impedir la crítica, más allá de quienes desde los medios  estatales y la academia hacen relaciones públicas y vocería del Gobierno, a los periodistas solo nos compete, como decía Kapuscinski, “ir, ver, comprender, sentir y contar” la vida desde la misma vida.
 
Si la clave del buen   periodismo es sintonizar  con la gente de fuera del poder, ¿qué esperamos para hacerlo ya, sin más autoprórrogas, mediante un ejercicio honesto, humano  y riguroso del oficio?

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