9 de January de 2010 00:00

Valentina está rodeada de su familia

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Redacción Quito
quito@elcomercio.com

Valentina pasó ayer  su primera noche fuera del Hospital Metropolitano de Quito. La pequeña de dos meses nació   unida,  por el esternón, a su hermana Julieta.

Tras dos intervenciones, el jueves finalmente dejó la habitación 28 del centro. Por el momento vive con sus jóvenes padres  en la casa de un tío, quien habita el segundo piso de una vivienda, en Solanda, en el sur.



5     casos en el país 
En  Ecuador,   los   registros  de  médicos  pediatras y hospitales públicos como el Baca Ortiz, de Quito, señalan que   hasta el momento  se han  presentado únicamente  cinco casos de siameses.
En octubre de 2005,       las niñas  Guadalupe y María  Quinatoa  nacieron  unidas  por el  hígado y el  corazón.
Las dos  niñas  vivieron   cinco   días y  fallecieron  luego de un infarto cardíaco.
 Según estadísticas de  centros pediátricos de Estados Unidos y  del   Baca Ortiz, los niños siameses pueden presentarse en  uno de cada 200  000 embarazos.
Los casos   ocurren   por   un error en la división de las células de los embriones denominados   monocigóticos. Es decir, son   gemelos producto de un mismo óvulo y un mismo espermatozoide. La  posibilidad de vivir es mínima.

Martha Vásquez, la madre de las siamesas, es oriunda de Otavalo. En esa ciudad de Imbabura vivía con su esposo, Andrés Guerra, hasta los siete meses del embarazo. “A veces me tocaba venir sola y los chequeos eran al menos una vez a la semana, por eso decidimos venir a Quito”, cuenta Martha con naturalidad.
 
Desde ahí la vida de ambos empezó a cambiar. Y ahora comienza su verdadero reto.  Valentina deberá someterse a cirugías conforme vaya creciendo, por eso la pareja decidió radicarse en una casa en Conocoto, en las afueras de la capital.

Valentina tiene los ojos grandes y  negros como su cabello. No llora con la presencia de extraños, más bien los observa, se ríe y mueve sus manos. “Cuando tiene hambre llora un ratito y después se queda dormida”, dice su madre, ya instalada en la casa de Víctor Rosero, el tío de su esposo.
 
Es una casa esquinera café, en las calles Pedro León y Francisco Rueda, en Solanda. Martha Almeida (esposa de Rosero) logró que le prestaran una cuna. Pero no tenían colchón y le acomodaron entre cobijas y edredones   la primera noche.

Aunque Martha (su madre) no durmió bien, relata que Valentina pasó la noche sin novedades y eso la tranquiliza. El cuarto es pequeño, pero tiene el espacio justo para la  cuna blanca, la cama de los padres, un clóset y el tanque de oxígeno al que Valentina debe estar conectada. 

Sus padres están conscientes de que no será fácil todo lo que deben pasar junto a su pequeña, pero tienen la esperanza y la convicción de que lograrán superar las pruebas que vengan.

Su historia nunca ha sido fácil, Martha y Andrés se conocieron hace cuatro años. Los dos asistieron a un campamento de valores y ahí se encontraron. Su amor siempre tuvo impedimentos de parte de la familia de los dos, por su diferencia étnica y de edad. “Hicieron todo para que no estuviésemos juntos, pero mientras más querían separarnos más juntos estábamos”, recuerda Martha, quien tiene 24 años, cinco años mayor que  su esposo.
 
Esas dificultades ahora generan risa en la pareja. Pero ambos cambian la expresión de sus caras cuando relatan todas las recomendaciones que los médicos les dieron para cuidar a la bebé.

El 13 de noviembre se realizó la cirugía para separar a Valentina de su hermana Julieta. Ese día llegaron al hospital desde un cura hasta funcionarios del Registro  Civil para bautizarlas e inscribirlas. Luego de ocho horas de operación, Julieta vivió por tres horas y falleció. El pequeño cuerpo estuvo con sus padres durante media hora antes de que le realicen la autopsia.

A Martha se le llenan los ojos de lágrimas y se le quiebra la voz al recordar esa pesadilla. El Ministerio de Inclusión Social se encargó de las exequias de Julieta. En la autopsia no encontraron ninguna enfermedad que también pudiera afectar a Valentina. “La única afección que compartían era el problema renal”, explica Javier Jijón, pediatra del Hospital Metropolitano.

A Valentina le hicieron una diálisis y superó el problema renal. Sin embargo,  estuvo  durante varios días en estado crítico pero finalmente se recuperó y tuvo que ingresar a una segunda cirugía para evitar infecciones de la placa que la pusieron en reemplazo del esternón.

Martha cuenta que cada día tenía más miedo pero a la vez seguridad, pues los doctores son los que le salvaron la vida a su hija.

Ahora, Valentina necesita de un tanque de oxígeno a donde vaya, pero los doctores dicen que es cuestión de tiempo para que  la bebé respire correctamente.
Permanentemente necesitará realizarse cirugías.  La niña no tiene algunas  costillas ni tampoco el esternón (el hueso que cubre al corazón) por lo cual conforme crezca  su cuerpo le deben cambiar de placas. A esto se suma que  debe regirse a una receta médica estricta.

Valentina toma medicamentos para mejorar las condiciones de su riñón y evitar problemas en su crecimiento. “La niña está fuera de peligro, hemos permitido que el país dé la bienvenida a un ángel”, dice Alfredo Borrero, director médico del  Metropolitano al despedir a Valentina.
 Martha y Andrés pasaron todas la pruebas para poderse casar. A los dos años de ello tuvieron a Ñusta, su primera hija, quien ahora tiene 3 años y se preocupa por su hermana. La toca, conversa con ella, le cobija en su cuna.
  
Valentina debe estar siempre en lugares limpios y sin personas enfermas; sus defensas son muy bajas. Martha sabe  que tener un hijo enfermo es una bendición. “La vergüenza se pierde por los hijos, por uno mismo puedes tener vergüenza pero por ellos no, porque uno se va pero ellos se quedan. Mi hija será alguien importante para la nación, porque todo el país sabe sobre ella...”.

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